Aldous Huxley
“Bajo el efecto de ciertas músicas, el mundo parece adquirir una intensidad desconocida. Los objetos más simples se cargan de una presencia casi sagrada, como si cada cosa revelara una profundidad que normalmente permanece oculta. No es que la música añada algo al mundo, sino que modifica la estructura de nuestra percepción. Nos hace ver —oír— más, sentir más, ser más conscientes de lo que ya estaba ahí. Es una expansión de la sensibilidad que roza lo visionario”.
Vladimir Nabokov
“Hay pasajes musicales que producen en mí una sensación casi insoportable de plenitud, como si el tiempo se detuviera y cada instante adquiriera una densidad extraordinaria. No es una emoción simple, sino una especie de hiperconciencia en la que todo se vuelve más preciso, más luminoso. En esos momentos, el mundo parece reorganizarse según una lógica secreta, y uno tiene la impresión de haber accedido a una forma superior de percepción, en la que la belleza no es un adorno, sino la estructura misma de la realidad”.
Thomas Mann
“La música posee una ambigüedad profunda: eleva y seduce, pero también puede apartar al hombre de la claridad del espíritu. En su poder de sugestión, en su capacidad de abolir las distancias críticas, hay algo de hechizo. Quien se abandona a ella sin reservas experimenta una forma de transfiguración en la que el yo se diluye en una corriente emocional que lo sobrepasa. Y en ese abandono hay grandeza, pero también riesgo: el de perder la medida, el de confundir la intensidad con la verdad. La música puede hacernos sentir más vivos, pero también más indefensos ante lo irracional que habita en nosotros”.
Marcel Proust
“Y de pronto, como si el músico hubiera buscado, más allá de las notas, el alma misma que en ellas se escondía, la frase musical se elevó, se desplegó en el aire con una gracia sobrenatural, y yo sentí que algo en mí —algo que no había vivido aún— encontraba su forma. No era un recuerdo, ni un pensamiento, sino una región de mi ser que hasta entonces había permanecido muda, sin nombre, sin acceso. La música no me decía algo: me convertía en aquello que escuchaba. Me hacía ser de otra manera, más intensa, más verdadera, como si mi existencia habitual no fuera sino una versión empobrecida de una vida más profunda que solo ella podía convocar”.
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A veces la música parece comprendernos mejor que nosotros mismos. No dice nada que podamos repetir, pero expresa con una exactitud insoportable aquello que llevamos dentro.
Hay días (hoy, con intensidad, es uno de ellos) en que todo parece vacío, sin relieve, sin sentido, como si el mundo fuera una figura aplastada y húmeda de cartón. Entonces la música —una música lenta, grave— comienza a llenar ese espacio, no con solo un contenido, sino con una vibración que lo hace perceptible.
No desaparece la tristeza; al contrario, se vuelve más nítida, más presente. Pero ya no es un caos informe, la tristeza ya no es un desorden nostálgico: adquiere una especie de contorno, como si pudiera ser contemplada desde dentro.
Hay en ciertas músicas una tristeza tan perfecta que uno desearía no salir de ella. No porque sea agradable, sino porque posee una coherencia que la vida rara vez ofrece.
La música triste no cura: perfecciona el dolor, lo vuelve casi bello, casi necesario.
Y en esa contemplación hay algo parecido a la calma, cierto apaciguamiento interior, aunque no sea estrictamente felicidad.
