(Breve tratado sobre las alucinaciones)
La alucinación no es un simple error de los sentidos ni una imagen añadida al mundo. Solo es posible porque el cuerpo está ya en relación con un mundo; y cuando ese vínculo se altera, el sujeto no se queda sin mundo, sino que produce una especie de cuasi-presencia.
Lo alucinado no posee la articulación interna de lo percibido: le falta la plenitud, la resistencia, la coherencia de la cosa real. Sin embargo, no se presenta como imaginario, sino como algo que reclama presencia.
El comienzo no es aún el delirio formado. Es un estado en el que algo ha cambiado sin que pueda decirse qué. El mundo adquiere una tonalidad especial, una tensión, como si estuviera cargado de un significado que todavía no se revela.
Todo parece en suspenso, expectante. El enfermo siente que algo se aproxima, pero no sabe qué. No hay aún contenido, pero sí una atmósfera. No hay todavía objeto, pero sí una inquietud que invade la totalidad del campo de experiencia. La percepción auténtica posee un carácter de realidad que no depende de nuestra voluntad. Se impone.
Del mismo modo, en la alucinación verdadera, el sujeto no ‘imagina’, sino que ‘percibe’. La experiencia se le da con el mismo carácter de imposición que la percepción normal. No puede modificarla ni suprimirla a voluntad; la padece.
Lo esencial no es el contenido, sino ese carácter de realidad que acompaña a la experiencia. Las voces no son meros pensamientos o recuerdos. Se experimentan como algo ajeno, autónomo, dotado de intención. Hablan, comentan, ordenan, discuten. El sujeto no las produce: las recibe. Y esa ajenidad es precisamente lo que las distingue de la vida interior normal.
El mundo se transforma en un escenario enigmático. Lo familiar se vuelve extraño sin dejar de ser reconocible. Todo parece cargado de significado, como si cada detalle fuera una señal dirigida al sujeto. No es que aparezcan nuevos objetos, sino que el modo de aparición de los objetos cambia radicalmente.
El alucinado es un hombre que tiene la convicción íntima de una sensación actualmente percibida, cuando ningún objeto exterior actúa sobre sus sentidos. Para él, la imagen no es una representación: es una percepción. Vive en un mundo que se le presenta con la misma evidencia que el mundo real. Hay momentos en los que la realidad pierde consistencia, como si estuviera hecha de una materia demasiado ligera.
Entonces todo se vuelve posible, pero nada es seguro. El mundo no desaparece: se vuelve incierto, como si no tuviera suficiente ser para sostenerse.
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Aluciné a las cinco y media de la mañana y, lentamente, las imágenes y voces fueron perdiendo pregnancia, se fueron, paulatinamente, deshilachando y deshilvanando. Ahora leeré las entrevistas de «The Paris Review», dos volúmenes, Acantilado. Desarrollo mi rareza psíquica no sin pesar. Oigo trinar los pájaros fuera de mi pazo. Un nuevo día brota. Es extraña la vida.
