Estoy harto de mi propia imbecilidad. Una aguja rompe el hielo de mi sangre. Rompen piedras contra la nada de mis dientes. No debería haber escrito una sola línea. El barro, los huesos y mi madre muerta junto a mí. Escribo solo con una especie de persistencia obsesiva. Mi hígado debe ser quemado, las desorganizadas líneas de mi campo de pensamiento borradas; solo me obedece un baboso reino de sombras. Arabescos y osamentas de leprosos me poseen. Perdí el lenguaje y el yo.
Sois violentos cuervos comiendo mis ojos. Los hombres son siempre iguales: feroces ante el débil. Os gustaría verme muerto y callado. He vivido como una rata, escondiéndome, inventando razones para no ser lo que soy. Me parecéis odiosos. Convulsionando espero más palabras mutiladas. Caminando por el espejo se avivan memorias del miedo. Pero, aunque os fastidie, tengo mucha más inteligencia que vosotros, y la mitad de mi locura vale lo que el total de vuestra salud.
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Pronunciáis y formáis, sin que sobrevivan, palabras babosas, hilos de baba, cenizas venenosas. Con la corola de la carne y la boca hinchada, con vuestras vidas fétidas que hieden a descomposición y a súbita pudrición de los dientes, os pavoneáis inconscientes ¡Cómo apesta el disfraz de vuestro orgullo de seres que se creen cultos y sabios! Y solo sois tipos de un valor infinitesimal.
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Cuando me acuesto (yo, roído por el diluvio), no tengo otro deseo que morir, no volver a despertar, pero entonces vuelvo a despertarme y el proceso espantoso se repite durante medio siglo -los hombres me disparan, escupen y ríen de mí, mis ojos se alimentan del vidrio roto de las cosas.
Pensar que durante cincuenta años no deseé otra cosa que mirar una rosa sin que se pulverizase en mis ojos.
¡Ninguna capacidad musical!, ¡ninguna capacidad para la vida!
