Admiré y admiro -no me canso de leerlo- a mi gran maestro y padre mágico José María Álvarez. Siempre me ayudó y me sentí muy querido por él. Admiro como maestros vivos (y de trato frecuente y personal, claro) a Lamas y el Dr. Gracia. Y admiro a Jordi Llovet, un maestro de aprendizaje para mí más oblicuo, debido a la carencia de roce. De autores españoles vivos no niego mis pocas filias y abundantes fobias. Tengo plena conciencia de mi lugar en la literatura española actual e ideas idiosincrásicas u opiniones fuertes -desdoros, demoliciones y admoniciones- sobre gran cantidad de ellos. En público guarda esas irrespetuosas opiniones y creo que solo critiqué con algo de malicia a Elvira Lindo, Sergio del Molino y Arturo Pérez Reverte, de lo que me arrepiento.
Hay novelas (y no citaré a nadie) que me parecen de mentes ingeniosas a la par que profundamente inmaduras. Como si un escolar brillante hubiera decidido mostrar todo lo que sabe, sin el menor sentido de la proporción o de la dignidad. Hay también mucha auto-ficción anecdótica, generacional o sociológica, emboscada bajo una gran masa de suciedad, de trivialidad, de una especie de ostentación vulgar y de una nula capacidad de análisis. Hay escritores que solo saben escribir tópicos y un histérico sentimentalismo (que venden no poco) Hay otro cuyo espadachín solo es una marioneta movida por la chulería y la testosterona. Triunfan, o no fracasan al menos, los de prosa descuidada y pobre, meras maquinarias de frases muertas. Y otros desordenados como por una energía bárbara. Y opinantes políticos y feministas que ni brillan ni deslumbran; posan y se limitan a exhibir sus muecas. Y poetas sin la elegancia de la limitación.
Por ello recurro a mis maestros, a la admiración por mis maestros. Proust: “La admiración verdadera no consiste en un simple asentimiento del espíritu, ni en una aprobación fría. Es una especie de estremecimiento interior que nos hace salir de nosotros mismos. Admirar es reconocer, en otro, una forma de vida o de sensibilidad que no poseemos, pero que sentimos como posible. Por eso la admiración tiene algo de dolor: nos muestra lo que podríamos haber sido y no somos”.
Lo que admiramos no es algo completamente extraño, sino algo que ya estaba en nosotros, pero que no supimos formular. El gran hombre es aquel que dice con claridad lo que todos hemos sentido confusamente. Woolf: “A veces, al leer una frase perfecta, sentimos que algo en nosotros se detiene. No es solo placer: es una suspensión, una especie de recogimiento. Admiramos no solo la frase, sino la mente que la ha hecho posible, la delicadeza de una percepción que no habíamos alcanzado”.
Entre mis muertos admirados: Kafka, Flaubert, Thomas Bernhard, Musil, Broch, Mann, Baudelaire, Eliot, Foix, Pla, Cunqueiro, Gabriel Miró, Valle-Inclán, Borges, Quiroga, Lezama Lima, Pater, Ruskin, Henry James, Boswell, Goethe, Addison, Lamb, Johnson, Hazlitt, Burke, Alexander Hunter, Hester Hapone, Voltaire, Diderot, Madame du Deffand, D´Alembert, Heine, Martin Zeiler, Adam Olearius, y una larguísima -larguísima- nómina más amplia, sin necesidad de acudir a los innegociables grecolatinos ni medievales.
