Ser culto es haber adquirido una segunda naturaleza: una mirada que no se satisface con lo inmediato, que sospecha de lo evidente, que busca en cada cosa su raíz y su destino. El espíritu cultivado no vive en la superficie: habita en las capas profundas del significado. La cultura no es un lujo, ni un adorno del espíritu: es una disciplina. Exige esfuerzo, renuncia, paciencia. Es una forma de ascetismo secular. El hombre culto no es más feliz que los otros, pero su infelicidad tiene forma, tiene lenguaje, tiene conciencia.
La cultura auténtica es aristocrática, no en el sentido social, sino en el sentido espiritual: exige una fidelidad a lo mejor. No todo vale. El hombre culto vive rodeado de presencias invisibles —los grandes muertos— y se mide constantemente con ellos. Cuanto más se sabe, más se percibe la ignorancia. La cultura no nos hace dueños del mundo: nos hace conscientes de su inagotable complejidad. Es una forma de lucidez que puede volverse insoportable. El hombre culto vive en una tensión constante entre el deseo de comprender y la certeza de no poder hacerlo del todo.
El hombre inteligente mantiene una distancia respecto a todo: a sus propias ideas, a sus emociones, a las opiniones dominantes. No se identifica completamente con nada. Esa distancia es su libertad, pero también su soledad. La inteligencia se manifiesta en la claridad. Lo que no puede expresarse con precisión es porque no ha sido pensado con precisión. El pensamiento confuso se disfraza de profundidad; el pensamiento claro es, casi siempre, más exigente.
La inteligencia crea una vida interior tan intensa que el mundo exterior puede parecer insuficiente. El hombre inteligente no se aburre porque tiene siempre con quién hablar: consigo mismo.
Durante grandes partes de mi vida leí -reflexivamente- un libro al día, y, a los dieciséis años, superé las pruebas y me admitieron en Mensa. Soy muy culto y muy inteligente, creo con petulancia. Pero también comprendí las razones de mi sufrimiento. Viví siempre en un tiempo sin promesas, melancólico y enfermo, detenido, solitario y disecado. Mis pensamientos son trampas, mis recuerdos acusaciones, mis deseos contradicciones y desarreglos. En mi vida solo hubieron variaciones de una misma impotencia, variaciones de un soliloquio psicótico. Me acuso del mayor de los pecados que un hombre puede cometer: nunca fui feliz.
