«Los críticos son los enterradores de la literatura, aunque se presenten como sus médicos. Diagnostican siempre lo mismo: exceso, desmesura, incorrección. Pero lo que en realidad detestan es la vida cuando no obedece. Ninguno ha soportado jamás una obra verdadera, porque una obra verdadera es una agresión. Y el crítico, en el fondo, es un ser que se protege. Escribo contra ellos, pero también gracias a ellos: son la resistencia que confirma que algo aún late», dijo mi maestro Thomas Bernhard con cariño y benevolencia, como si hubiera tenido un flechazo o notte d´amore con una Mónica Bellucci letrada.
La verdad es que a mí me hubiera gustado que los críticos hubieran hurgado en mis libros, que los registraran, archivaran, diseccionaran y sancionaran como a una película de Almodóvar por Boyero, o como a una proferencia política de la muy esbelta Isabel Ayuso. Yo escribo con fiebre y como un delincuente por la noche -y con alevosía; a las mil maravillas me viniera la linterna de policía con la que leen los críticos.
Enamorado de ellos con una palpitación adolescente, escribió al respecto de ellos mi adorado Valle-Inclán: «¡La crítica! Ese coro de eunucos que comenta las hazañas de los héroes. Incapaces de crear una sombra, se ocupan de medir la luz ajena. Yo no escribo para esos contables de sílabas. Escribo para incendiar la lengua, para deformar el espejo hasta que devuelva la verdad grotesca del mundo. El crítico busca orden; yo busco revelación.» ¡Collons! Parece que el gallego-madrileño se haya encontrado a Fu Man Chú en versión femenina.
A mí me han ignorado, lo que es más peligroso -y molesto- que consagrar o denostar. Pero nunca pertenecí a ninguna camarilla. La literatura necesita lectores inteligentes; si un crítico lo es, bienvenida sea su función.
Mi añorado maestro y padre mágico José María Álvarez se refirió perspicazmente a la crítica: «El crítico es, en muchos casos, un administrador de prestigios. Decide qué se recuerda y qué se olvida, pero no por grandeza, sino por conveniencia. La verdadera literatura no pide permiso. Aparece, se impone, y a menudo es ignorada durante años. El crítico llega después, cuando todo ha ocurrido».
Defreds, que algunos ingenuos creen poeta o bien escritor, se queja de que antes juzgaban unos pocos, pero que ahora juzgan todos. Y añade, osado y con cerebro mitad kantiano mitad wittgensteniano: «Y a veces no leen: reaccionan. No entienden: sienten. Quizá no sea peor, pero es distinto.» Y Elvira Sastre, que no Elvira Sartre, nos deja estupefactos y patidifusos al aseverar: «La crítica sin empatía es solo agresión». ¡Trolos!, es decir, collós como touros.
Se juzga rápido, a todos …menos a mí.
