Charles 218

Escribo porque la realidad no me basta y también para demolerlo todo, para fijar un espesor que la vida no tiene. Porque lo vivido, tal como se da, es informe, y necesita ser elevado a una categoría estética. La vida, sin forma, es una sucesión de hechos; el arte la convierte en necesaria.

Escribo por el placer de componer con el oído, el color y la luz; para saber lo que pienso, y para pensar eso que pienso de forma articulada; para persuadir, inquirir, inquietar, aliviar, comunicar; para ser elegante más allá de la conversación; porque intento poner por escrito la verdad del mente humana en conflicto consigo mismo, la verdad de la conciencia enferma.

Es una compulsión irrefragable. Y, sobre todo, de modo simbólico y empírico, escribo para volver a la casa de mi infancia, única época en que fui indisputablemente feliz. El olor de las maderas, la frescura del jardín, el eco leve de pasos. No era un lugar, sino una sensación que vuelve siempre, intacta. El brillo de un picaporte, la textura de una cortina, el crujido de un suelo. No recuerdo la casa como un conjunto, sino como una constelación de instantes que, al ser evocados, adquieren una intensidad altamente emblemática. Riqueza y placer. Las primeras impresiones, las primeras pasiones, todo aquello que luego creemos haber olvidado.

Nada hay más agradable que volver, mediante la memoria, a las primeras escenas de la vida. La casa de la infancia aparece entonces embellecida, como si hubiera sido tocada por una luz más benigna. Un lugar de voces, de conversaciones que parecían no terminar nunca. Allí aprendí que el mundo estaba hecho de palabras tanto como de cosas. En la casa de la infancia se cruzan la memoria y la imaginación, y de ese cruce nace la poesía. Su pérdida es el primer exilio.

Deja un comentario