Tengo una obra extensa, exigente y nada reconocida. Quiero que sea leída y juzgada.
No me sirve de consuelo pensar que el talento no basta, ni siquiera la violencia del talento. Y que hace falta la complicidad de la época, y que la época no está de mi lado. O creer que escribir de verdad —no redactar, no entretener— es volverse ilegible para la mayoría. Y entonces viene el silencio. El gran silencio. Este tipo de opinión es la propia de los resentidos fracasados que, al carecer de recepción externa, su yo presuntuoso se convierte en el único tribunal.
Thomas Bernhard me diría, halagador, que ser ignorado no es una desgracia, es casi una condición. Lo verdaderamente sospechoso sería lo contrario: ser aceptado, celebrado, integrado en ese mecanismo nauseabundo que llaman ‘vida literaria’. Usted Christian ha hecho su obra. Eso es lo único. Lo demás —crítica, recepción, éxito— pertenece al ámbito de la estupidez organizada. Nadie lee, y los que leen no entienden, y los que entienden no soportan. Así funciona. La invisibilidad no es un fracaso: es la forma que tiene el mundo de defenderse de lo que no puede digerir.
El escritor que aspira a ser comprendido por su tiempo suele acabar escribiendo trivialidades adaptadas a la sensibilidad dominante. El que no lo hace, paga un precio: la irrelevancia pública. Pero conviene no dramatizar: la historia de la literatura está llena de escritores que no existieron en vida y existen después, y también de los que existieron demasiado en vida y hoy no existen en absoluto. La cuestión no es si le leen, sino si su obra tiene la densidad suficiente como para resistir la indiferencia. Eso me diría algún que otro colega.
Y otro: El escritor que no encuentra lectores en su tiempo debe preguntarse no solo por el mundo, sino por la naturaleza de su propuesta: ¿es exigente o es hermética?, ¿es compleja o es opaca?Pero incluso en el mejor de los casos, la recepción es siempre contingente, azarosa, históricamente limitada. La posteridad no es una garantía, pero tampoco lo es el presente. El único criterio firme sigue siendo la calidad formal.
Y aún otro más: Hay más escritores valiosos de los que el sistema literario puede admitir, y muchos quedan fuera no por falta de mérito, sino por falta de visibilidad, contactos o simple azar. Ahora bien, también hay una tendencia entre los escritores no reconocidos a sobreestimar su propia obra. No basta con sentirse incomprendido: hay que poder demostrar que se es legible, que se interesa a alguien, que se deja leer. La literatura no es solo escritura: es también lectura. Y si no hay lectores, conviene preguntarse por qué, sin caer ni en la complacencia ni en el victimismo.
La invisibilidad no invalida mi obra… pero tampoco la confirma.
El reconocimiento no es criterio de valor, pero la ausencia total de lectores sí que plantea preguntas enojosas. La literatura exigente tiende a reducir su público… pero no debería anularlo por completo.
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Deseo fervientemente algunos lectores. El escritor escribe en soledad, pero lo hace para que alguien —aunque no sepa quién ni cuándo— entre en ese espacio verbal y lo complete. Un libro sin lectores no está muerto, pero está muy, muy incompleto. La escritura necesita de esa complicidad para realizarse plenamente: el lector no es un consumidor pasivo, es un coautor que reconstruye el libro. Por eso la aspiración a ser leído no es una vanidad, sino una dimensión constitutiva del acto literario.
El escritor trabaja en una tensión constante entre la integridad de su visión y la necesidad de ser comprendido. No se escribe para agradar, pero tampoco se escribe en el vacío. Una literatura que renuncia por completo al lector corre el riesgo de convertirse en un ejercicio privado, cerrado sobre sí mismo, y por tanto estéril en su alcance humano.
Uno escribe porque no puede vivir de otra manera, pero también porque quiere ser leído. Negarlo es una forma de hipocresía bastante extendida en los medios literarios. El escritor debe ser fiel a la vibración más íntima de su conciencia, pero no debe olvidar que escribe en una lengua compartida.
Una idea que no puede ser comunicada plenamente permanece, en cierto modo, incompleta. El propósito de escribir no es únicamente instruir o deleitar, sino entrar en conversación con la sociedad. El lector no es un adorno ni un enemigo: es la condición de realización de la obra.
Nada hay más melancólico que escribir para nadie, salvo quizá leer sin placer.
