Hoy se adelanta una hora el reloj. Siento la cruel laceración y usura del paso del tiempo. Uno con él madura y se estropea. Uno junto a él envejece y se estropea. El tiempo es un flagelo, un bacilo, te crucifica, te tritura. Todo lo vivido se pudre adentro. El tiempo nos destruye con una precisión cada vez mayor. No corrige nada: lo agrava todo.
Materia blanda, maleable, que se deforma bajo el peso de la memoria. Hay días que se alargan como sombras interminables y otros que desaparecen -la inmensa mayoría- sin dejar rastro. El tiempo se encarga de demostrar que éramos menos de lo que creíamos: uñas y tobillos sucios, patíbulo, conspirador entre las grietas.
El paso del tiempo es una pedagogía cruel: nos enseña demasiado tarde aquello que solo habría sido útil aprender antes. Después de todo, todo ha sido nada, a pesar de que un día lo fue todo. Porque el tiempo no alivia los males; los cambia por otros peores. Maestro que mata a todos sus alumnos. Todo, todo es irreparable.
Calambres, sombra que golpea la carne, paperas y bocio, donde se abisma la rosa.
Tiempo: flagelo de Dios.
