Charles 227

En ciertos momentos, el adolescente enfermo mental se siente como separado del mundo por un cristal invisible. Ve a los otros reír, hablar, vivir, pero no participa. Y entonces comienza ese razonamiento enfermizo: «¿Qué hago yo aquí? ¿Qué soy yo entre ellos?» Y esa pregunta, repetida mil veces, acaba por destruirlo.

Desde niño comprendí que no estaba hecho para la vida común. Todo me resultaba insoportable: la escuela, los profesores, la vulgaridad de las conversaciones. La enfermedad vino de muchacho: ya estaba allí, como una forma de ver. El joven enfermo es siempre un escándalo para los sanos. No porque haga nada extraordinario, sino porque pone en evidencia la falsedad de todo. Su sola presencia arruina la comedia. No puedo dejar de culparme sobre lo que hice sufrir a mis padres y hermanas.

Quería ser como los otros, pero esa aspiración misma me separaba. Y en esa distancia comienza una forma de tristeza que no tiene nombre. Prohibí la visita a los manicomios a mi padre. Sufría demasiado y empezaba a beber más de la cuenta. Mi madre, muchísimo más fuerte psicológicamente, era la primera en llegar y la última en irse.

Desde los quince años ya no creí en nada, pero todavía sufría por todo. La adolescencia debería ser una edad de ilusión; cuando se convierte en una edad de diagnóstico, todo está perdido Esa fue mi condena: haber perdido la ilusión antes de haber aprendido a vivir.

Mi herida es perpetua.

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