Toda mi vida ha sido un fracaso cuidadosamente prolongado. Nada ha salido como debía, nada ha respondido a las expectativas que uno, ingenuamente, se permite al principio. Quise ser matemático, o espía o profesor, y acabé en conciencia mórbida y vigilada en manos de psiquiatras (expertos en empastillarte hasta el abobamiento) desde los trece años.
La existencia es una cadena de decepciones que se encadenan con una lógica implacable, casi burocrática: cuando uno cree haber encontrado un asidero, este se rompe; cuando cree haber comprendido algo, ese algo se disuelve. Todo fue una gran perplejidad. No supe nada de discotecas, múltiples liasons y amores, juergas y borracheras. Fui amontonando las ruinas de mi desmoronamiento. Solo soy perito en ir contando las baldosas del pasillo del manicomio (sé distinguir los días por la intensidad de la luz en una habitación)
Y lo terrible no es equivocarse, sino darse cuenta de ello y no poder dejar de continuar. Uno sigue, no por convicción, sino por falta de alternativa. Y en esa continuidad —ni heroica ni trágica— se instala lo peor: la costumbre.
