Charles 230

(En el manicomio. Mi experiencia en varios de ellos)

El grito constante, el eco de risas sin sentido, el murmullo de voces que no cesan ni de día ni de noche… todo se mezcla en un ruido que hace imposible el descanso. No hay consuelo. No hay silencio. Nos obligan a sentarnos en bancos duros durante horas, sin hablar, sin movernos. El frío penetra hasta los huesos; las mantas son insuficientes, y la comida, escasa y repugnante. Pero lo peor no es el trato físico: es la certeza de que, una vez dentro, tu palabra ya no tiene valor alguno. Puedes gritar que estás cuerdo, suplicar, razonar… todo es interpretado como síntoma. Y así, cuanto más intentas demostrar tu cordura, más convencidos están de tu locura.

Como recibimiento suelen apalizarte unos pocos psicópatas, pelea en la que debes mostrarte muy aguerrido o el resto de tu estancia puede ser un infierno (y chivarse es el peor de los delitos) Escondidos en los plafones del techo de algunas habitaciones, acigarrillos, alcohol, costo y cocaína. Una usuaria te puede comentar que te la chupa por un Marlboro.

Vives bajo la vigilancia constante de enfermeras que parecen incapaces de ver en ti a un ser humano. Eres un objeto a controlar, a someter. Recuerdo cómo me ataban, no por violencia, sino por conveniencia; y cómo ignoraban mis palabras, cómo reducían mi existencia a un conjunto de síntomas. La mente, en esas condiciones, no mejora: se repliega, se oscurece. Uno empieza a dudar de sí mismo, a preguntarse si, en efecto, no será cierto aquello que los demás creen.

Lo más terrible no era el sufrimiento físico, sino la lenta erosión de la identidad. Llegué a sentir que mi ‘yo’ se disolvía, que dejaba de ser alguien para convertirme en algo, un bulbo informe. Me miran como si fuese un fenómeno, una cosa extraña. El tiempo ahí dentro no tiene forma. Los días son iguales, interminables, sin principio ni fin. A veces piensas que no estás enfermo: que es el mundo el que lo está, y que te han apartado porque no puedes adaptarte a su enfermedad.

El pabellón es una maquinaria perfecta, diseñada para ajustar a los hombres a un molde. Todo está calculado: la luz, los horarios, las palabras. No necesitan ahora golpes. Basta con hacerte sentir pequeño, insignificante, equivocado. Al final, el hombre se rinde no porque lo hayan destruido, sino porque ha dejado de creer en sí mismo. Se te confina en una sala donde permaneces bajo observación continua. No te explican las razones de las medidas que se toman contigo.

Cuando intentas discutir o pedir explicaciones, se interpreta como resistencia patológica. Esto produce un círculo cerrado: cualquier intento de afirmación personal refuerza el diagnóstico.

En varias ocasiones fui inmovilizado. No se trataba de episodios de violencia grave, sino de una supuesta medida preventiva. Sin embargo, la vivencia subjetiva es la de una pérdida completa de control sobre el propio cuerpo. Con el tiempo, empiezas a inhibir toda expresión. Aprendes que el silencio es la única forma de evitar intervenciones. Esta adaptación no implica mejoría clínica, sino una forma de retraimiento estratégico. Con un poco de suerte acaban concediéndote el alta.

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