Acabo de oír una rata en el sobretecho o fallado. Me parece que no voy a poder dormir esta noche. Debido a mi musofobia me dan arcadas. Entrará en casa y se lanzará contra mi cara y contra mi boca. Se mueven por tejados, falsos techos, tuberías, buscan comida y están siempre ahí. No se las ve, pero están. Mi casa es una ratonera. Bajo las tablas, dentro de las paredes, en la cabeza. No hay casa sin ratas, como no hay pensamiento sin su ruina. Y cuanto más se limpia, cuanto más se ordena, más profundamente se esconden. Una ciudad es como los ratones del campo. Una madriguera inmensa donde millones de ratas humanas se empujan por un poco de calor. Y yo entre ellas, igual de sucio, igual de cansado, igual de perdido, igual de loco. Cada grieta es un pasaje, cada crujido una sílaba de su lengua clandestina. A veces pienso que toda la casa pertenece más a ellas que a nosotros, que somos apenas huéspedes distraídos de su imperio subterráneo. Ellas conocen lo que cae, lo que se pudre, lo que se olvida. El horror que provocan no es solo físico: es estético. Nos recuerdan que la vida puede persistir sin belleza, y eso —para un espíritu refinado— es quizá lo más insoportable. No es un sonido violento, sino paciente. Trabajan sin prisa, como si el tiempo les perteneciera. El hombre construye, levanta, nombra; la rata espera. Y al final, cuando el hombre se ha ido, ella continúa.
Me tomé veinte gotas de Rivotril.
