Les enciendes la pantalla del televisor y se acabó, todos lobotomizados. Ya no quieren nada más. Felices con sus imágenes morbosas, los gestos exagerados, los concursos ridículos, la crónica negra, rosa, los debates políticos abobados, los realities inmundos, los deportes, el sensacionalismo… y ahí los tienes, hipnotizados, con la mente yerma. La gente no quiere comprender: quiere mirar, no pensar, comer, beber, fornicar y ver la tele. Cuanto más bajo, mejor. Es el gran circo, pero sin siquiera la gracia del circo.
La televisión es el instrumento perfecto para la destrucción del pensamiento. Reduce todo a ruido, a una sucesión de imágenes que no exigen nada y que, precisamente por eso, lo anulan todo. El espectador no participa: se degrada. Se acostumbra a no pensar, a no resistirse, a aceptar lo que se le da. Como estar succionado por un gran agujero negro. El triunfo de la estupidez organizada. Ha sido el mayor agente de desculturización de las últimas décadas. Ha sustituido la lectura por el espectáculo, la reflexión por la reacción inmediata, el juicio por la opinión. El espectador cree estar informado, pero en realidad solo está siendo alimentado con fragmentos inconexos.
La televisión crea la ilusión de que estamos informados, cuando en realidad solo estamos expuestos. Vemos mucho, pero comprendemos poco. Y lo poco que comprendemos se disuelve en la siguiente imagen. Ha sustituido la experiencia por su representación. La vida ocurre en la pantalla, y el espectador se convierte en un testigo inmóvil de una realidad que no le pertenece. Es incompatible con cualquier forma de refinamiento sostenido. El triunfo de lo vulgar.
