El hombre vulgar (detesto al hombre vulgar) no percibe lo elevado, y por eso lo destruye sin darse cuenta. Allí donde aparece, la delicadeza se vuelve imposible. Uno debe luchar contra la presión de que te arrastren hacia abajo. Los hombres vulgares no toleran el matiz, la complejidad, la delicadeza de gusto y opinión. No perciben la armonía y difunden por donde van fealdad.
Lo que antes se consideraba vulgar hoy se acepta sin resistencia. Y esa aceptación generalizada transforma la vulgaridad en norma. En efecto, lo vulgar deja de ser marginal y se conviertió en dominante. La gente vulgar no solo es insoportable: es omnipresente. Uno intenta evitarlos, pero están en todas partes, hablando, riendo, ocupándolo todo. La vulgaridad no descansa.
La degradación de la sensibilidad no ocurre de golpe, sino por acumulación de concesiones. Se acepta lo fácil, luego lo inmediato, luego lo trivial. Y cuando uno quiere reaccionar, ya no queda nada a lo que aferrarse. La gente, desengáñense, es así: ruidosa, grosera, satisfecha. No quieren nada fino, nada difícil. Les das lo más bajo y lo celebran. Cuanto más simple, mejor. Cuanto más brutal, más les gusta. Y así va todo.
La vulgaridad no necesita imponerse: se difunde sola. Es más fácil, más cómoda, más inmediata. Frente a ella, la cultura exige una actitud que casi nadie quiere sostener. El mundo contemporáneo ha hecho de lo vulgar una norma. Ya no escandaliza, ya no se percibe como tal. Y esa invisibilidad es su mayor victoria.
