Charles 247

Las dos y cuarto. Miedo. La noche es el momento en que todo lo que durante el día ha sido reprimido vuelve con una claridad insoportable. No hay distracción posible. Uno se queda entregado a sí mismo, a esa maquinaria interior que no se detiene jamás ¿Volveré a oír la rata que escuché ayer? ¿Rasgarán la puerta de mi cuarto unas uñas afiladas no sé de quién y tampoco sé por qué? ¿Las voces -que advierto que empiezan a cristalizarse- me aterrorizarán e insultarán de nuevo? ¿Podré dormir ni que sea tres horas?

El miedo viene de uno, de muy adentro. Te devora. Te desborda. Es la hora de quedarse a solas contigo. La noche amplifica las voces interiores hasta hacerlas casi insoportables, pero también les concede una pureza que el día les niega. En la oscuridad, uno oye lo que realmente piensa. Y aunque eso pueda inquietar, también es una forma (severa) de conocimiento.

De noche todo parece más grave, más definitivo. Pero es una ilusión de la percepción. La mente, cansada, pierde sus filtros. El miedo no crece: se hace visible. La clave -me digo- no es luchar contra el miedo, sino observarlo. Cuando uno lo observa con atención, descubre que no tiene la consistencia que parecía tener. Conozco la trivial teoría.

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Jaspers diría que la angustia sin objeto claro encuentra en la noche su terreno privilegiado. Al desaparecer los estímulos externos, la conciencia se vuelve hacia sí misma. Pero esa vuelta no es necesariamente patológica: puede ser también el inicio de una comprensión más profunda del propio ser.

Aaron T. Beck escribió que la ansiedad se intensifica cuando la mente opera sin corrección externa. En la noche, los pensamientos automáticos negativos se aceptan sin cuestionamiento. Introducir una distancia crítica respecto a ellos es esencial para disminuir el miedo.

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De noche todo parece dirigido contra ti. Cada ruido tiene intención. Pero con el tiempo comprendes que no es el mundo el que cambia, sino tu manera de interpretarlo. Esa comprensión no elimina el miedo, pero lo vuelve manejable. El peor momento es el silencio. Te obliga a escucharte. Lo que más temo de noche son mis propios pensamientos. Libros que caen solos (¿Quién quiere volverme loco?) Presencias, reales como mi perra durmiendo conmigo en la cama, de espectros rondando por la casa. Soy débil: recurro al Rivotril como a una caricia infantil.

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