Reflexionen, que no cuesta. El deporte moderno participa de esa pedagogía de lo trivial que caracteriza a las sociedades tardías: ocupa el lugar que antes pertenecía a la conversación ilustrada, a la música o a la lectura. No niego su utilidad higiénica ni su valor como disciplina corporal, pero me parece evidente que su hipertrofia cultural responde a una sustitución: donde antes había complejidad, ahora hay simplificación; donde había matiz, ahora hay un resultado compacto. El deporte reduce la experiencia a un sistema binario —ganar o perder— que resulta particularmente cómodo para una mentalidad poco habituada a la ambigüedad.
Una feria de músculos, una distracción para que ustedes no piensen… Los ven correr, sudar, empujarse, y todo eso para qué, ¿eh? Para olvidar. Les das un balón y ya no preguntan nada. Perfecto. El deporte es el opio del pueblo. Una de las más eficaces formas de aniquilación del pensamiento. Allí donde aparece, desaparece la posibilidad de reflexión. Todo se convierte en rendimiento, en superación mecánica, en comparación constante. El deportista profesional no es más que un instrumento perfeccionado de repetición, un organismo al servicio de una lógica cuantitativa que nada tiene que ver con la inteligencia. Y el público, ese público entusiasta, participa de esa anulación con una alegría que resulta, en el fondo, aterradora.
Hay en el entusiasmo deportivo algo profundamente anti-ilustrado: la fe en la energía, en la acción, en el cuerpo como medida última del valor. Pero también una renuncia implícita: la idea de que pensar demasiado es, de algún modo, sospechoso. El estadio sustituye a la biblioteca.
Nunca he entendido el entusiasmo por ver a otras personas sudar. Si yo quisiera fatigarme, lo haría por mi cuenta. Pero sentarse durante horas a observar cómo alguien corre detrás de algo —una pelota, una meta, un récord— me parece una forma muy elaborada de perder el tiempo. Supongo que hay quien encuentra en ello una emoción; yo, en cambio, solo encuentro cansancio y aburrimiento.
El deporte es una excelente manera de mantener ocupada a la población mientras ocurren cosas verdaderamente importantes en otros lugares. Nada distrae tanto como una competición. Se puede perder un país entero mientras la gente discute un penalti. Y, lo más curioso, lo prefieren así.
Nabokov: “Nada me resulta más tedioso que la devoción colectiva por los espectáculos deportivos. Multitudes enteras que gritan por un punto, por una carrera, por una cifra que se inscribe en una tabla. Es una emoción perfectamente legítima, supongo, pero carece de matiz. Prefiero, con mucho, la persecución silenciosa de una mariposa rara a la contemplación de mil cuerpos entregados a una agitación sin memoria”.
