Charles 254

La cultura de masas -qué broma- un gran circo de luces para que nadie piense demasiado… Canciones (Rosalía, Tangana, reguetón, AC/DC, tontolabas con guitarra), imágenes, historias que pasan y se olvidan en el acto. Todo rápido, todo fácil. The show must go on. Se consume como se bebe: sin gusto, sin memoria. Palomitas, Torrente presidente, Cirque du Soleil, Shakira, magazines matinales de radio. La gente no quiere profundidad, quiere distracción. Y se la dan, a toneladas. Perfecto. Así no hacen preguntas. Ni molestan.

Todo debe ser inmediatamente comprensible, inmediatamente consumible, inmediatamente olvidable. Es un mecanismo de simplificación constante que anula cualquier forma de pensamiento complejo. Y lo más alarmante es que esta degradación no solo se tolera, sino que se celebra. The show must go on.

La cultura de masas me resulta profundamente tediosa porque prescinde del detalle. Todo está simplificado, generalizado, diluido. No hay lugar para la precisión, para la sorpresa auténtica. Es un mundo de efectos previsibles. Y lo previsible, en arte, es siempre una forma de vulgaridad.

La cultura contemporánea parece desconfiar de todo aquello que no se comprende de inmediato. La dificultad se percibe como un obstáculo, no como un estímulo. En ese contexto, la cultura popular triunfa porque no exige nada que el espectador no esté dispuesto a dar. Pero esa comodidad tiene un precio: la pérdida de profundidad.

La cultura pop es un decorado brillante, un juego de espejos que fascina por su inmediatez. Pero carece de densidad. No deja poso. Frente a ella, la verdadera cultura exige lentitud, atención, memoria. Todo lo que importa requiere tiempo. Y el tiempo es precisamente lo que la cultura pop no concede.

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