Charles 256

La medicación no me devolvió exactamente la vida, sino una versión de ella más plana, más habitable, menos intensa.

El antipsicótico, desde un punto de vista, me salvó la vida, pero también redujo la amplitud de mis estados interiores. Antes de tomarlo, vivía en una intensidad peligrosa, con una imaginación desbordante; después, en una estabilidad que a veces siento como un claro empobrecimiento. Sin embargo, esa estabilidad -relativa- me permite trabajar, razonar con continuidad. No es una elección entre enfermedad y salud, sino entre formas distintas de existencia.

Las pastillas no te devuelven a quien eras antes de enfermar. Te convierten en alguien nuevo, alguien más soportable para el mundo, pero también más distante de ciertas formas de intensidad. Y uno tiene que decidir si prefiere la profundidad del sufrimiento o la superficie de la estabilidad. Yo elegí seguir vivo, aunque fuera en una versión atenuada de mí mismo.

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Nancy Andreasen: “Los psicofármacos han transformado radicalmente la psiquiatría, pero no deben ser confundidos con una solución total. Actúan sobre sistemas complejos con una precisión necesariamente limitada. Pueden reducir síntomas, facilitar la vida cotidiana, pero no sustituyen la comprensión del paciente como sujeto. El riesgo es convertir un problema humano en un problema exclusivamente químico”.

Henry Ey: “Los neurolépticos tienen la capacidad de disminuir la intensidad de los fenómenos delirantes y alucinatorios, pero esta disminución se acompaña a menudo de una reducción general de la vida psíquica. El paciente deja de estar invadido por sus síntomas, pero también pierde parte de su espontaneidad, de su energía, de su iniciativa.”

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