La mayoría de lo que se escribe no merece ni siquiera el esfuerzo de ser despreciado. Es una prosa muerta antes de nacer, raquítica, sin nervio, que no late, producida en serie por mentes que no han pensado nada por sí mismas. Frases que se sostienen unas a otras como inválidos, sin fuerza, sin necesidad. Papel lleno, no escritura. La literatura contemporánea está llena de esta basura que se hace pasar por expresión, cuando no es más que incapacidad revestida de pretensión.
La prosa mediocre es la que se contenta con ser inteligible. Cree que comunicar basta, que decir algo de manera clara es suficiente. Pero la literatura no consiste en transmitir información, sino en crear un objeto verbal preciso, irrepetible. Todo lo que no aspire a esa precisión es mera redundancia.
Gran parte de la prosa contemporánea sufre de una enfermedad académica: frases correctas, estructuras impecables, pero ninguna energía. Es el triunfo de la técnica sobre la voz. Todo está bien hecho… y nada importa. Es una escritura que no arriesga, que no se compromete, que no deja huella. Textos superfluos.
La prosa deficiente revela una relación deficiente con el pensamiento. Donde el lenguaje es vago, el pensamiento lo es también. Escribir mal no es solo un problema de estilo: es un problema de exactitud intelectual.
