Distraerse y celebrar las miserias íntimas de los demás. Revistas del corazón. Degradar en lugar de informar. Todo convertido en caricatura, chisme, en estupidez. Revolcarse en lo bajo. El interés por la vida privada de los otros —ese deseo de hurgar en sus relaciones, en sus hábitos, en sus escándalos— es una forma degradada de la imaginación. El verdadero lector no quiere saber quién se acuesta con quién, quién se casa o descasa con quién, quiere la perfección de una frase.
El periodismo del escándalo ha convertido la intimidad en mercancía. Lo importante ya no es lo que alguien hace, sino lo que se puede mostrar de su vida privada. La cultura del entretenimiento ha sustituido a la cultura como forma de conocimiento. Vivimos en una cultura que convierte todo en imagen y todo en espectáculo. Incluso la vida privada se presenta como algo que debe ser visto, consumido, comentado. La intimidad deja de ser un espacio protegido y se convierte en un producto.
La curiosidad por la vida privada ajena, tan extendida hoy, me parece una forma clara de degradación. No entiendo qué interés puede tener para nadie saber con quién está alguien o qué hace en su casa. Es una renuncia a la imaginación. El mundo del famoseo es una caricatura de la antigua sociedad elegante: conserva sus gestos, pero ha perdido toda su sustancia. Solo queda el brillo superficial, amplificado por los medios.
La prensa rosa representa la victoria de lo irrelevante. Es la institucionalización del deleznable cotilleo como forma cultural dominante.
