Cohecho, tráfico de influencias, fraude fiscal, blanqueo de capitales, estafa, apropiación indebida, alzamiento de bienes… meros vicios privados que se transforman en beneficios públicos. Estamos contaminados de rigores evangélicos y no comprendemos (al criticar como frailes medievales esas conductas) el mecanismo económico.
Los comportamientos que la moral tradicional condena -lujo, egoísmo, vanidad, ambición, robo, deseo de riqueza- no son anomalías que corrompen la sociedad, sino el motor real que la hace prosperar. En otras palabras: aquello que parece moralmente reprobable a nivel individual genera dinamismo económico, empleo, comercio y riqueza colectiva.
«El lujo, que tanto se censura, es un gran sostén de la sociedad; sin él, muchas artes, oficios y ocupaciones desaparecerían. Lo que llamamos gasto superfluo mantiene a miles de pobres. Si cada uno se contentara con lo necesario, no habría comercio, ni riqueza, ni progreso», Mandeville. O también: «Lo que hace florecer a una nación no es la virtud de sus habitantes, sino la actividad de sus deseos. El fraude, el lujo y el orgullo deben vivir; mientras los empleemos, son necesarios. Una sociedad compuesta únicamente de hombres virtuosos sería pobre y miserable».
No lo olviden señoras y señores: «La gran virtud del sistema de mercado es que permite la cooperación sin coerción. No depende de que las personas sean virtuosas; funciona precisamente porque los individuos buscan su propio interés. En el proceso de intentar mejorar su situación, contribuyen —aunque no sea su intención— al bienestar de otros. El panadero no nos da pan por benevolencia, sino por su propio beneficio, y sin embargo, el resultado es que todos comemos.», Milton Friedman.
«No es la bondad de las personas lo que mantiene en funcionamiento una economía compleja, sino los incentivos. Un sistema que depende de la virtud es inherentemente frágil; uno que canaliza el interés propio puede ser robusto. La historia económica muestra que cuando las instituciones alinean el beneficio individual con resultados productivos, incluso personas ordinarias producen resultados extraordinarios», Thomas Sowell.
¿Los mejores? Políticos que meten la mano en la caja. Solidarios con los pobres y encima les meten en la cárcel. Ver -deus meus- para creer.
NOTA BENE: Fui deliberadamente provocador e irónico. La sociedad prospera no a pesar del egoísmo, sino gracias a él. Pero no gracias a cualquier forma de egoísmo; bienvenido sea el egoísmo competitivo, y sancionemos el egoísmo extractivo. No es la virtud lo que sostiene la sociedad, sino la canalización eficaz de pasiones imperfectas; pero cuando esas pasiones destruyen las reglas del juego, dejan de ser productivas y se vuelven parasitarias.
