Tentativas 6

Un testimonio inapreciable, precisamente por lo inusitado, sobre la literatura de colportage, es el del francés Charles Nisard, encargado de la censura de ese tipo de literatura durante el Segundo Imperio. En 1854 publicó dos volúmenes de recopilación y crítica de esa incipiente literatura de masas. Lo tengo en mi biblioteca (en edición facsímil): Charles Nisard: Histoire des livres populaires ou de la littérature du colportage depuis le XVe siècle jusqu’à l’établissement de la Commission d’examen des livres du colportage (30 novembre 1852), París: Librairie d’Amyot, 1854, 2 volúmenes (Existe una segunda edición aumentada :París: Dentu, 1864)

Condena esta literatura, pero al mismo tiempo la preserva y la clasifica con minuciosidad casi obsesiva; el censor acaba siendo —sin proponérselo— en el primer gran historiador de la cultura de masas.

Escribe Nisard: «La littérature du colportage ne se recommande ni par la beauté du style, ni par la justesse de la pensée; elle n’a point de ces qualités qui assurent aux ouvrages une durée légitime. Elle vit d’expédients, de répétitions, d’emprunts mal dissimulés; elle se soutient par la facilité avec laquelle elle s’adapte aux passions les plus immédiates et les moins éclairées. Mais c’est précisément pour cela qu’elle mérite d’être étudiée. Là où l’écrivain véritable choisit, corrige et élève, le colporteur reproduit et accumule. Il ne crée pas: il transmet, sans discernement, ce qui circule déjà dans les esprits. Ses livres sont moins des œuvres que des dépôts. Aussi faut-il voir en eux, non pas une littérature au sens noble du mot, mais une archive vivante des erreurs populaires. Chaque brochure, si médiocre qu’elle paraisse, est un document; chaque récit, si absurde qu’il soit, a sa raison d’être dans quelque croyance obscure ou quelque besoin mal défini. Ainsi, ce que l’on condamne à juste titre du point de vue du goût, devient, pour l’observateur attentif, un objet d’un intérêt singulier: car ces livres, en ne cherchant point à être autre chose que ce qu’ils sont, nous montrent le peuple tel qu’il se représente lui-même, sans correctif et sans masque».

«La literatura de colportage no se recomienda ni por la belleza del estilo ni por la justeza del pensamiento; no posee esas cualidades que aseguran a las obras una duración legítima. Vive de expedientes, de repeticiones, de préstamos mal disimulados; se sostiene gracias a la facilidad con que se adapta a las pasiones más inmediatas y menos esclarecidas. Pero es precisamente por eso por lo que merece ser estudiada. Allí donde el verdadero escritor elige, corrige y eleva, el colportor reproduce y acumula. No crea: transmite, sin discernimiento, lo que ya circula en los espíritus. Sus libros son menos obras que depósitos. Por ello hay que ver en ellos, no una literatura en el sentido noble del término, sino un archivo vivo de los errores populares. Cada folleto, por mediocre que parezca, es un documento; cada relato, por absurdo que sea, tiene su razón de ser en alguna creencia oscura o en alguna necesidad mal definida. Así, lo que se condena con razón desde el punto de vista del gusto se convierte, para el observador atento, en objeto de singular interés: pues estos libros, al no intentar ser otra cosa que lo que son, nos muestran al pueblo tal como se representa a sí mismo, sin correctivo y sin máscara».

Noël Carroll escribió al respecto: «El estudio de Nisard sobre la literatura de colportage es un ejemplo instructivo de cómo los juicios estéticos pueden operar como sustitutos de criterios que, en realidad, pertenecen a otros dominios normativos. Nisard parece suponer que la falta de complejidad formal, de originalidad estilística o de lo que denominaríamos “densidad cognitiva” basta para desacreditar estas producciones como literatura en sentido pleno.

Sin embargo, este supuesto descansa en una confusión entre dos tipos de evaluación: la evaluación estética propiamente dicha y la evaluación de la función cultural de un artefacto. Que un texto sea formalmente rudimentario no implica que carezca de valor en términos de su capacidad para satisfacer intereses, activar imaginarios o estabilizar creencias dentro de una comunidad interpretativa determinada.

Desde una perspectiva analítica, podríamos decir que Nisard incurre en una forma de monismo evaluativo: reduce la pluralidad de criterios relevantes —estéticos, cognitivos, pragmáticos— a uno solo, el de la excelencia literaria tal como la entiende la tradición letrada. Pero una teoría mínimamente adecuada de las artes populares requiere reconocer que los objetos culturales pueden ser evaluados correctamente bajo descripciones distintas, y que el fracaso bajo un conjunto de criterios no implica necesariamente el fracaso bajo todos ellos.

En este sentido, el valor histórico de Nisard no reside en la solidez de sus juicios —que a menudo dependen de premisas no argumentadas sobre la naturaleza de la literatura—, sino en el hecho de que su incomodidad frente al colportage pone de manifiesto la necesidad de una teoría más articulada de la evaluación estética, una teoría capaz de explicar por qué ciertos artefactos culturalmente eficaces pueden ser, al mismo tiempo, estéticamente deficientes sin que ello agote su interés filosófico», Carroll, N. (2002) Evaluating popular print: Charles Nisard and the problem of aesthetic criteria. The British Journal of Aesthetics, 42(3), 289–305.

No es que Nisard comprenda esta literatura: es que la fija. Y al fijarla, la salva —contra sí mismo— del olvido al que quería condenarla.

NOTA BENE: Disculpen la enfadosa erudición.

Deja un comentario