Tentativas 23

Los hay, seres alados (Dios nos los conserve en su invernadero) que estudian los Manuscritos de las cuevas de Qumrán, textos que arrojan nueva luz sobre el surgimiento del cristianismo y del judaísmo rabínico. Otros no se apean de Bruckner y Xenakis, con lo que demuestran concentración y atención intelectual intensa (el primer caso) y una resistencia al tedio hercúlea (caso segundo)

Yo tuve pujos intelectuales, ínfulas de erudito (en el fondo no fui más allá del diletantismo) y, cada Semana Santa, me entrometía en una relectura de «La muerte de Virgilio», la kakania sin centro de Musil, o me devanaba los sesos sobre la orquestación del acto final de la «Norma» de Vincenzo Bellini.

Abdico de la delicadeza de gusto y opinión, y de la lectura. Mis píos propósitos a partir de ahora serán ver fútbol ataviado con una camiseta imperio mientras chuperreteo por el gollete una fría cerveza. ¿Por qué no transformarme en un filisteo sin vida interior?De reacciones prefabricadas, con emociones de segunda mano. Y sin ver las cosas: solo reconocer etiquetas. Y, si siento la bilis negra por la literatura, no ir más allá de «Lo gayter del Llobregat», Núñez de Arce o Defreds. La cultura es tortura y, como una marca de Caín, te prohíbe y expulsa el acceso a novias pneumáticas.

¡Se acabó mi impostura! A guardar los libros de Teoría de Conjuntos y sustituirlos por prensa deportiva, y, liberado, rascarme los pliegues del estómago con blockbusters. Se acabó el hablar sin decir nada, el escribir para no pensar.

Permanecer opaco al refinamiento. Ni por asomo ver ni sentir lo elevado.

No descarto apuntarme a la telerrealidad.

Señor, hazme un merluzo… ¡pero no todavía!

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