Barcelona. Ratas grandes como perros jóvenes salen disparadas de las sombras y cruzan el puerto; el agua negra parece hervir de ellas, y en los almacenes abandonados su correr era un continuo rumor de vida baja y obstinada. Se adivinan antes de verse; y esa latencia, ese casi-ruido, produce una incomodidad más fina que el miedo. Sí, una vaga aprensión, como si algo pequeño, ignorado y persistente, se moviera en los márgenes de la percepción.
Las ratas corren por los rincones con un sigilo casi cortesano, como si conocieran mejor que los hombres los pasadizos de nuestra España ruin y nocturna.
