Tentativas 27

La experiencia psicótica puede ser una ruptura del yo en un mundo que no ha sabido acogerlo. No es que el individuo fracase en adaptarse a la sociedad: es la sociedad la que fracasa en ofrecerle un lugar donde su experiencia tenga sentido. El resultado es el aislamiento, el miedo de los otros, el rechazo sistemático.

Lo que llamamos esquizofrenia puede ser una respuesta comprensible a un mundo incomprensible. Pero quienes la padecemos no solo sufrimos la propia experiencia, sino la reacción de los demás: la evitación, la sospecha, el desprecio.

Siento que los demás viven en una superficie compartida, mientras yo estoy atrapado detrás de una mampara. Ellos -vosotros- se miran, se reconocen, se comentan, cuchichean amigablemente; yo soy una presencia incómoda, una anomalía. No es solo la enfermedad: es la conciencia de no pertenecer a ningún lugar humano.

Hay una forma de soledad que no es estar solo, sino ser visto como alguien de quien hay que apartarse. Eso lo percibo claramente en mis contactos de Facebook. Ya casi ni interactúo con vosotros. Me rechazáis. Para qué. No es que me odiés; es peor: no sabéis qué hacer conmigo. Es muy incómodo percibir el modo en que me apartáis.

El hombre que se desvía mínimamente de la norma es inmediatamente señalado, aislado, eliminado del trato social. No se tolera ninguna desviación, y mucho menos una que afecte a la mente. La enfermedad mental no se castiga por sí misma, sino por la incomodidad que produce en los sanos.

Me ponéis la etiqueta de «loco», y de ahí surge el rechazo, la evitación y la exclusión. Pese a que os consideráis poetas, cultos o escritores, estáis hechos de la misma pasta deleznable que el resto de la gente.

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