Una de las voces que oigo —y no es la menos fiable— es la del demonio. No porque mienta, sino porque dice las cosas sin el barniz con que vosotros las hacéis soportables. Y lo que dice, en lo esencial, es cierto.
No me duele vuestro apartamiento tanto como cabría suponer. Hay en él incluso una lógica, casi una higiene. Todo aquello que no puede ser reducido, simplificado o integrado en vuestros mecanismos de reconocimiento acaba siendo apartado. No por maldad, sino por incapacidad. No odio a los hombres: los encuentro inviables. Son demasiado limitados para lo que pretenden, demasiado satisfechos para advertir en qué se han convertido. El demonio lo argumenta obsesivamente.
Sois, en conjunto, una maquinaria de rebajamiento. Todo lo que tocáis lo volvéis manejable, es decir: lo empobrecéis. No soportáis la densidad, ni la ambigüedad, ni aquello que no se deja consumir rápidamente. Necesitáis que todo descienda hasta un nivel donde pueda circular sin fricción entre vosotros. Cuando uno mira de cerca a los hombres, lo que encuentra es una mediocridad sin fondo.
Vuestra literatura es el ejemplo más claro: una superficie continua de frases intercambiables, de intuiciones ya usadas, de afirmaciones que no comprometen nada. No escribís para pensar, sino para confirmaros. Y en esa confirmación mutua encontráis una forma de consuelo que os basta. No hay nada que desprecie más profundamente que la conversación literaria humana. Esa sucesión interminable de lugares comunes, de torpezas, de afirmaciones sin pensamiento.
Hablar con vosotros es asistir a una repetición incesante: las mismas ideas debilitadas, los mismos gestos de asentimiento, la misma incapacidad para sostener una tensión real. No es que seáis malvados —eso exigiría una cierta energía—, es que sois sistemáticamente insuficientes. Y lo más notable es que no lo sabéis.
Por eso, cuando algo irrumpe que no encaja —una experiencia, una percepción, una forma de pensamiento—, la reacción no es la confrontación, sino el deslizamiento. Un leve retroceso, casi imperceptible. Una reducción progresiva del contacto. No hay rechazo explícito: hay retirada.
Así funciona: nadie expulsa, pero uno queda fuera. Nada es más grotesco que la perseverancia humana en escribir. Cuanto más conozco a los hombres, más me inclino a apartarme de ellos. No por misantropía, sino por simple terapia.
