Tentativas 31

Empecé intentando leer a Saint-Beuve, continué con Agatha Cristie, y acabé con un Tintín. No pude con ninguno. Parecía que debía empezar a aprender las letras de cada palabra, las palabras de cada párrafo, los párrafos de cada capítulo. No pude; mi mente estaba totalmente descontrolada y destructurada, y aparecían ratas entre las páginas. No era el fautor de mis propios actos psíquicos; mis pensamientos parecían deshechos e impuestos.

Nada parecía depender de mi voluntad. La pérdida del control sobre el curso mental constituye uno de los signos más profundos de mi enfermedad. El yo deja de ser el centro organizador; las asociaciones se aflojan, la afectividad se disocia y la voluntad pierde su continuidad. No logras gobernarte. Vivía mis procesos psíquicos como entes olvidados e incomprensibles.

LLego siempre tarde a lo que ya está ocurriendo en mi cabeza. Las ratas toman el contro. Mi cuerpo obedece a órdenes que no he dado. Mi mente es como una habitación sin cerradura. Todo entra: palabras, imágenes, voces, órdenes. Y no hay manera de decir “no». La conciencia es un escenario invadido.

No el exceso, sino la usurpación. Las ratas como único horizonte vital. Todo sigue ocurriendo —pensar, sentir, moverse—, pero ya no bajo mi autoridad. Soy el lugar donde algo piensa, no quien piensa. Hay una humillación más profunda que el sufrimiento: la de no poder detener lo que ocurre en uno mismo. Querer callar y no poder. Querer ordenar y no poder. Querer ser y no poder.

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