En las salas comunes del manicomio (Piñor), los pacientes no formamos una comunidad en sentido pleno, sino una yuxtaposición de soledades. Cada uno está absorbido por su propio mundo, de modo que la presencia de los otros no genera un espacio compartido, sino una coexistencia sin verdadera reciprocidad humana. Tú observas a los demás, intercambias palabras rutinarias, pero rara vez logras establecer con alguno de ellos una relación significativa.
La interacción es fragmentaria o imposible. Nos hablamos acaso, pero con un lenguaje sin puentes. Proximidad constante, pero una gran distancia moral. A veces intentaba hablar. Las palabras salían, pero no llegaban. Era como lanzar algo que no encuentra dónde posarse. El otro respondía, pero su respuesta no tenía relación con lo que yo había dicho.
Cada uno con su idiolecto particular. Compartimos el mismo aire, el mismo espacio; cada uno en su rincón interior. Te miran, te rozan, te insultan incluso, pero rara vez nos encontramos. En esas instituciones caminas, hablas, repites gestos sin cesar, y uno se ve obligado a asistir a ese espectáculo sin poder sustraerse.
No hay diálogo posible, solo una coexistencia.
