(Artemis II)
La luna no es solo un fenómeno romántico o simbólico: es un mecanismo óptico, un espejo físico-químico. La veo, y en lugar de sentimientos, propensos a la cursilería, observo cómo su luz, despojada de calor, se posa sobre los objetos. En el jardín, cada hoja parece rehecha por una mano más fría que la del día.
Bajo su influjo, las proporciones de la casa se vuelven ambiguas; lo que de día era claridad arquitectónica se transforma en una insinuación, llena de sutileza y álgebra. Nada está oculto, pero todo parece susceptible de ser mal entendido. Y esa es, precisamente, su cualidad más inquietante.
Su hora es aquella en que la naturaleza se vuelve dibujo: severa y exacta. No hay nada más aristocrático que la luna: no pertenece a nadie, no sirve a nada, no se justifica. Está ahí, como están las obras maestras: para quien tenga la educación suficiente para reconocerlas.
Elegancia de antiguas conversaciones platónicas. Artificio cultural: en las lecturas y en nuestra educación sentimental. Ninguna luna es virgen: todas están ya escritas.
Estuvo en los poemas de los griegos y estará en los de mañana; no ha envejecido con nosotros. Quizá por eso nos inquieta: porque revela, sin proponérselo, la futilidad de nuestras novedades. Mi maestro Álvarez escribió: «Bajo la luna, todo adquiere una dignidad ligeramente teatral. No porque sea más verdadero, sino porque se vuelve más consciente de su forma. Y esa conciencia —ese leve exceso de estilo— es lo único que salva a las cosas de la vulgaridad del día».
