Tentativas 39

Cuando intento meditar por qué languidezco en lugar de florecer, llego a algunas conclusiones o hipótesis tentativas: mi percepción es muy fina, la exigencia estética es muy alta, y mi rechazo a lo banal es radical. Lo que encarna una molesta lucidez unida a la impotencia, que causa más negaciones que afirmaciones.

También hay un desajuste entre entorno y estructura interior. Necesito densidad, exigencia, forma, por lo que quedo en suspenso y no logro adherirme a mi entorno. Los lugareños, en líneas generales, son seres nobles, pero su mundo cultural se achica y se sustituye por tabernarias opiniones futbolísticas o políticas, que, la verdad, me aburren. Tampoco ayuda el que mi pensamiento a veces sea un retorno estéril sobre sí mismo. Asimismo no hace ningún bien el patológico desgaste emocional acumulado o bien el miedo persistente.

En esos momentos aparece una tentación conocida: pensar que todo esto no es solo mío, sino propio de la época. Que vivimos en un mundo donde los vínculos se debilitan, donde el lenguaje se empobrece a marchas forzadas, donde la experiencia se vuelve superficial y reversible. Pienso entonces que los hombres no avanzan y giran en torno a sí mismos, cada vez más vacíos. Todo eso puede ser cierto, pero advertirlo no cambia nada. A veces incluso puede empeorar las cosas: convierte la percepción en coartada.

Si no fuera por la tertulia bisemanal con mis amigos orensanos, y, sobre todo, por la lectura y la escritura, mi vida sería terriblemente miserable, meros instantes inconexos que no llegan a formar un hilo coherente. Es emocionante que mis amigos sonrían ante alguna de mis improvisadas ingeniosidades, o que Marisa o Pura posen distraídamente su brazo en mi brazo, en sarmentosa complicidad.

Pero si tengo entre las manos un libro con tela editorial color marfil, con estampación en seco del título en el plano y lomera en dorado mate; y sobrecubierta en papel verjurado, ligeramente satinado, con ilustración tipográfica sobria, entonces fluyo como una torrentera. Y, si logro fijar una página, entonces me siento realizado. Pero la dificultad no es solo escribir bien, sino escribir de manera honesta en un mundo que premia lo superficial. La verdadera lucha del escritor es contra la tentación de la falsedad, de la pose, de la facilidad.

NOTA BENE: Cuando escribo soy flor de llama gemiforme. Los dedos sobre las teclas los siento como pétalos que retienen luz lunar. Nervaduras de rosas en el foco de la conciencia. En una flor cada pétalo ocupa su lugar con una precisión que no es mecánica, sino vital; y su número, su relación con el conjunto, manifiestan una inteligencia que no necesita proclamarse para ser evidente. En la composición literaria ocurre algo similar; la bella prosodia proclama un ondulante sentido.

Deja un comentario