Siento una presencia, sin forma ni nombre, que se desliza por los recovecos de mi pensamiento, no como una idea, sino como una obsesión: es el demonio, las voces del demonio que resuenan en mi cabeza. Soy su experimento.
Tiene un plan maquiavélico para mí: vislumbrar el caos y que ya no pueda volver a ver el mundo como antes; convertirme en una pesada rata de cien kilos.
Las ratas corretean -hijitas del demonio-, y retumba el techo, y pensamientos de ratas interrumpen y transforman mi mente convirtiéndome paulatinamente en un miembro de su especie.
El demonio se apodera de mi voluntad. Me dice: «MÁTATE, RATA INFECTA».
