Tentativas 44

El Dr. Gracia es un importante botanista y entomólogo, por lo que sabe que la planta no es una masa homogénea, sino un sistema de órganos que se desarrollan según leyes estrictas; cada tejido tiene su función, cada célula su destino. La forma visible no es sino la expresión externa de una organización interna rigurosamente determinada, en la que nada es arbitrario. La forma de un organismo no es un accidente ni un mero resultado de la historia, sino la consecuencia necesaria de fuerzas físicas que actúan en él. La naturaleza no improvisa: construye según leyes que pueden expresarse en términos matemáticos. Las plantas no poseen cerebro, pero resuelven problemas complejos: detectan gradientes, reconocen parientes, optimizan recursos. Su inteligencia no está localizada, sino difundida en toda la estructura.

Cuando el insecto actúa, no parece buscar ni dudar: ejecuta. Sus movimientos tienen una exactitud que excluye el error en lo esencial. Y, sin embargo, basta alterar una condición secundaria para que toda la serie de actos se desorganice; lo que parecía inteligencia revela entonces su naturaleza de mecanismo extremadamente preciso.

Gracia es un poeta: estudia el mosaico de estructuras diminutas que producen color, reflejo y textura. Particularmente yo no veo ninguna contradicción entre el científico y el artista; ambos buscan el mismo tipo de placer, el de la exactitud. La emoción estética se encuentra en el descubrimiento de un detalle preciso.

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Lamas es un helenista. Los griegos no fueron un pueblo como los demás; fueron los descubridores de la mente humana. En su literatura encontramos, por primera vez, la exploración consciente de las emociones, de los conflictos morales, de la relación entre el hombre y el destino. La cultura griega no es un conjunto de obras muertas, sino una fuerza viva que ha modelado la conciencia europea. En ella se realiza por primera vez la idea de una formación del hombre en cuanto hombre, de una educación que no se limita a la utilidad, sino que aspira a la forma.

El hombre griego no nació con una conciencia plenamente formada de sí mismo; la adquirió lentamente, a través del lenguaje y de la poesía. La historia de Grecia es, en este sentido, la historia del descubrimiento del espíritu.

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Moncho es editor. El editor debe ser, ante todo, un lector extraordinariamente atento. Su deber no es imponer su voz, sino descubrir la del autor y ayudarle a realizarla plenamente. Hay momentos en que debe sugerir, otros en que debe resistir, y otros en que debe desaparecer por completo. El buen editor no escribe el libro: hace posible que el libro exista.

El editor debe ser capaz de reconocer la calidad allí donde aún no se ha manifestado plenamente. Debe poseer una sensibilidad para lo que puede llegar a ser, no solo para lo que ya es. Su tarea consiste en acompañar un proceso, no en juzgar un producto terminado.

Y los tres son mis amigos y maestros. Hoy tertuliaré con ellos, arrastraré mi voluntad hacia la suya, no como sumisión, sino como camaradería. Me acompañará -valga el tópico- el tono de su voz, el brillo de sus ojos, la sonrisa amable y el gozo blanco de la compañía. Ahondaremos en palabras de caoba de biblioteca y frescas como mañana en los cañones del Sil. La amistad no consuela: afina.

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