Tentativas 49

La vida literaria no es una profesión, no es ni pose ni figuración, sino una forma de aristocracia. No depende de premios ni de academias, ni de grupos ni de generaciones, sino de la fidelidad a un canon. Si el escritor debe vivir en un desierto de vulgaridad, lo hace con la dignidad de quien sabe que la excelencia es su única patria. Leer, releer, anotar, recordar: eso constituye una vida. Lo demás —la actualidad, el ruido, las habladurías— pertenece al orden de lo efímero.

Mi literatura no nace de la terraza de un café, ni entre el rumor de la ciudad, ni de la observación volandera. Si escribir consiste en mirar bien, yo solo me miro a mí mismo. Cada gesto cotidiano —una conversación, una cerveza, una tarde de verano— no la sé destilar en literatura. La fuente de mi literatura es la literatura y no la vida.

Llovet: “La cultura literaria es una conversación ininterrumpida con los muertos. Quien lee entra en una sociedad distinta, regida por otras jerarquías y otros tiempos. La vida literaria no se improvisa: requiere disciplina, memoria, y una cierta renuncia a la actualidad. No es solo una acumulación de lecturas, sino la formación de un gusto. Y el gusto, cuando es verdadero, implica siempre exclusión: elegir es dejar fuera”.

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