Tentativas 51

«Recuerdo el samovar no como un objeto, sino como una constelación de detalles: el brillo preciso del latón, ligeramente empañado en las zonas donde la mano lo tocaba; el sonido delicado, casi cristalino, del agua en ebullición; el aroma del té que se desplegaba lentamente, como una tinta en el agua. Había en él una exactitud que me fascinaba: cada parte cumplía su función con una elegancia silenciosa. Y sin embargo, lo que perdura en mi memoria no es su utilidad, sino su capacidad de fijar un instante, de hacerlo durar más allá de sí mismo, como si el tiempo, al pasar junto a él, se volviera momentáneamente visible», Nabokov.

Yo recuerdo el samovar de mi infancia, que papá nos trajo de San Petersburgo. El metal, pulido hasta un brillo cálido, no era uniforme: en su superficie se advertían leves variaciones, zonas donde el uso había atenuado el resplandor y otras donde la luz se concentraba con mayor intensidad. El grifo, pequeño y preciso, sobresalía con una elegancia funcional, y su llave giraba con una resistencia mínima, casi imperceptible. En la parte superior, la tapa encajaba con exactitud, coronada por un pequeño pomo oscuro, desgastado por el contacto repetido de los dedos. Todo en él estaba medido, dispuesto para durar. Cada pieza —asa, tapa, grifo— parecía haber sido concebida con una minuciosidad que rozaba la obsesión, como si el objeto aspirara a una perfección que, por su misma inutilidad, resultaba sospechosa.

Y recuerdo aquellas figuras de marfil por la precisión de sus contornos y por la particular temperatura que ofrecían al tacto: ni frías ni cálidas, sino ligeramente ajenas. Alineadas en la vitrina, ofrecían una imagen de orden y permanencia. Son obras que no se revelan de inmediato: exigen una mirada paciente, capaz de demorarse en las transiciones más delicadas.

Fui un niño muy rico. Ya tuve mi premio de un millón de euros hace cincuenta años.

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