Basta reunir a unos cuantos miles y ya no queda nadie. La persona desaparece, sustituida por un ruido continuo que no piensa, que no recuerda, que no distingue. El fútbol les ofrece lo que necesitan: un pretexto para gritar sin consecuencias, para odiar sin motivo preciso. No aman a su equipo; necesitan odiar al otro. Y en ese odio encuentran una forma de alivio, una economía miserable del sentimiento. Se insultan, se empujan, se golpean, y al día siguiente vuelven a su vida como si nada hubiera ocurrido. Es una válvula, sí, pero una válvula que no libera nada, que solo mantiene la presión.
«El estadio es una máquina de repetición. Los mismos cantos, las mismas palabras, las mismas injurias, una y otra vez, hasta que toda diferencia desaparece. No hay pensamiento posible en ese espacio: solo reiteración. Y la reiteración produce una ilusión de comunidad que no es tal, porque no está basada en nada compartido, sino en la coincidencia de una consigna. Los que participan en ese ritual creen formar parte de algo, pero en realidad se disuelven en una masa que no exige nada de ellos salvo su propia anulación», Noemí Chaudarcas.
El mal gusto no es la ausencia de gusto, sino su degradación. No consiste en no saber elegir, sino en elegir siempre lo más inmediato, lo más ruidoso, lo más evidente. En las multitudes, el gusto se simplifica hasta desaparecer: lo delicado se pierde, lo matizado se vuelve incomprensible. Solo queda lo que puede ser percibido sin esfuerzo. Y ese predominio de lo inmediato acaba por imponer una estética de la violencia, donde el exceso sustituye a la forma.
No vienen a ver el partido, vienen a vaciarse. Todo lo que han acumulado —frustración, hastío, insignificancia— lo expulsan en forma de grito. El balón es un pretexto, el estadio una cloaca autorizada. Allí pueden odiar sin consecuencias, insultar sin pensamiento, existir sin esfuerzo. Y cuanto más bajo es el grito, más satisfechos quedan. No buscan belleza ni siquiera victoria: buscan barullo, un barullo que los confirme.
La masa futbolística es especialmente reveladora porque no pretende nada. No hay en ella siquiera la ilusión de una idea. Es pura coincidencia de cuerpos, pura simultaneidad de gestos. Y sin embargo, quienes participan hablan de pasión, de identidad, de pertenencia. Palabras grandes para encubrir una experiencia mínima.
«El mal gusto no se limita a ser feo: es ofensivo. Invade, se impone, no deja espacio. En las multitudes, esa invasión se vuelve total: no hay posibilidad de retirarse, de mantener una distancia. Todo es inmediato, estridente, excesivo. Y ese exceso, lejos de ser riqueza, es pobreza concentrada», María Carballo.
