«Le moi est haïsable». Desdichadamente no sigo esa prudente observación. Soy un rentista pobre y puedo escribir sin preocupaciones pecuniarias.
Recuerdo los terciopelos carmesíes de las cortinas y la lámpara de araña de mi casa barcelonesa: cada prisma de cristal, pulido hasta una minuciosidad casi microscópica, no reflejaba simplemente la luz: la fragmentaba en epifanías. Ahora vivo en un pazo orensano desvencijado y que se cae a pedazos.
Creo que el dinero, respecto a la literatura, puede ser peligroso si contamina la forma. Balzac en «Pere Goriot»: «L’argent est la vie. L’argent fait tout. Il n’y a que l’argent qui compte. Sans argent, vous n’êtes rien; avec de l’argent, vous êtes tout», «El dinero es la vida. El dinero lo hace todo. No hay más que el dinero que importe. Sin dinero no eres nada; con dinero lo eres todo.» Pero, el dinero, sin talento, no es nada.
Follet escribe para que el lector pase páginas y para poder comprarse una mansión con varias piscinas. Nabokov porque el mundo, tal como se presenta, es insuficientemente preciso. La novela no refleja la realidad: la corrige mediante el detalle.
Mi opción es nabokoviana. Mi millón de euros es el recuerdo del esmalte de un huevo de Fabergé—de un verde que recordaba, con una precisión irritante, la superficie de ciertas hojas en mi infancia veraniega gallega— y que parecía vibrar bajo una luz íntima, como si contuviera una vida encerrada.
