Hay libros como «Beautiful Disaster» de Jamie McGuire, «Twilight» de Stephenie Meyer, o «The Kissing Booth» de Beth Reekles, que, dados los clichés acumulados, el diálogo pobrísimo, el sentimentalismo continuo y tóxico, o la prosa que no se eleva un centímetro del suelo, serían, a mi juicio, el equivalente literario al kitsch putrefacto de las frutinovelas de Internet.
Las series folletinescas de, digamos, Ponson du Terrail, no eran menos previsibles, ni menos excesivas. Pero al menos conservaban a veces cierta energía verbal.
El paso siguiente es el pulp del siglo XX. Las frutinovelas digitales no inventan nada: perfeccionan el modelo pulp bajo condiciones algorítmicas.
En ellas, el kitsch sentimental alcanza una pureza casi química, esa que Gustave Flaubert habría reconocido como la forma perfecta de la estupidez y que Thomas Bernhard no habría dudado en considerar el estado natural de una cultura entregada a su propia banalidad.
El pionero Charles Nisard escribió: «Ils ne cherchent ni la vérité ni la beauté, mais l’émotion immédiate, grossière, répétée jusqu’à l’usure», «No buscan ni la verdad ni la belleza, sino la emoción inmediata, grosera, repetida hasta el desgaste».
No hay definición más exacta.
