Tentativas 62

(De risu I)

«La risa es satánica, es decir, profundamente humana. Tiene su origen en la idea de superioridad. Pero esta superioridad no es moral: es la conciencia de nuestra caída. Reímos porque nos sabemos caídos, y porque vemos en el otro una caída aún más visible. Así, la risa es el signo de una miseria compartida, pero celebrada como triunfo momentáneo. Es una alegría amarga, una exaltación nacida del abismo», Baudelaire.

«Hay una risa que no nace de la alegría, sino del vértigo. El hombre que ríe así no se eleva, sino que se precipita. Es una risa que no comunica, que no une, sino que separa al hombre de sí mismo. En ella hay algo de desafío, algo de blasfemia: como si el hombre, al reír, negara toda ley, toda medida, toda forma. Esa risa pertenece a los espíritus perdidos», Dostoyevski.

«La risa no es otra cosa que una súbita gloria, nacida de la concepción repentina de alguna eminencia en nosotros mismos, por comparación con la debilidad de otros o con la nuestra anterior. Y aunque parezca leve, este movimiento revela una inclinación constante a la humillación del prójimo, una forma de violencia sin sangre, pero no sin crueldad», Hobbes.

«La risa abre en el hombre una herida por la que se escapa todo lo que creía estable. Nada resiste a la risa: ni la ley, ni el deber, ni la identidad. Reír es, en cierto modo, consentir en la ruina. Es aceptar que el orden moral no es más que una construcción precaria, suspendida sobre el vacío», Bataille.

«Reímos porque hemos comprendido demasiado. Porque todo lo que se presenta como serio —la moral, la cultura, la política— no es más que una mascarada. La risa es el último gesto de honestidad, pero también el más devastador: no deja nada en pie. Quien ríe de verdad ya no puede creer en nada», Bernhard.

«La risa es el grito del espíritu que ha perdido toda ilusión. No es alegría, sino la forma sonora de la desesperación. Reír es abdicar del sentido, es aceptar que todo es igualmente vano. Por eso hay en la risa algo de diabólico: no porque invoque al demonio, sino porque destruye toda posibilidad de redención», Cioran.

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