(De risu II)
«¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! Porque vuestra risa es ligera y pasajera, y no nace de la verdad, sino de la satisfacción momentánea. Llegará el tiempo en que lo que ahora os divierte os parecerá vacío, y entonces conoceréis el peso de aquello que habíais tomado a la ligera», Lucas (6,25)
«Como el crepitar de los espinos bajo la olla, así es la risa de los necios. Brilla, estalla, hace ruido, pero no calienta ni alimenta. Es fugaz, estéril, incapaz de sostener nada duradero», Eclesastés (7,6)
«No fue para la risa para lo que hemos sido llamados, sino para la sobriedad del espíritu. Cristo no rió nunca —al menos, la Escritura no lo atestigua—, pero sí lloró. ¿Qué significa esto? Que la vida presente es un lugar de combate, no de diversión. La risa disuelve la vigilancia del alma, afloja la disciplina interior y abre la puerta a pensamientos ligeros, que pronto se vuelven impuros», Juan Crisóstomo.
«La risa inmoderada es señal de un alma que ha olvidado su propio peso. El hombre sobrio no se abandona a convulsiones del cuerpo, porque sabe que toda agitación exterior refleja una agitación interior. Así como el agua agitada no refleja el cielo, el alma que ríe sin medida no puede reflejar a Dios», Basilio el Grande.
«Me aparté de aquellos juegos en los que el alma se derrama en carcajadas sin fruto. Porque, ¿qué es la risa sino una expansión del espíritu hacia lo exterior? Y cuando el espíritu se dispersa, pierde su centro. No condeno toda alegría, pero sí aquella que no tiene raíz en la verdad», Agustín de Hipona.
«El monje debe guardarse de la risa como de una puerta abierta al enemigo. Porque no entra primero el pecado grave, sino la ligereza. Y la ligereza comienza en el rostro, en el gesto, en la risa que no se contiene. Poco a poco, el alma pierde su firmeza y se vuelve incapaz de recogerse», Juan Casiano.
«La risa frecuente revela un corazón vacío. El que está lleno de Dios no necesita reír mucho, porque su alegría es silenciosa. Pero el que carece de ese gozo busca en la risa un sustituto, un eco superficial de una felicidad que no posee», Bernardo de Claraval.
