Tentativas 66

Tuve una mañana deliciosa. A la tarde me las prometía muy felices (lectura de Richard Zenith, o Julien Gracq, o Pierre Boncenne, o bien Jonathan Swift) y resultó dramática. Un ataque de ansiedad tras otro, prácticamente seguidos, desde las cuatro hasta las diez de la noche.

Lo peor no es sentir el malestar, sino saber que no cesará. Que volverá, que ya está ahí incluso cuando parece ausente. Es como si el futuro está ya contaminado por adelantado. Una desesperación monótona. Revivir una y otra vez el miedo. No es el dolor lo que mata, sino su repetición. El hecho de que vuelva cada día, cada hora, idéntico, sin novedad. La desesperación no está en el momento, sino en la permanencia. Una angustia que no puede compararse con nada. No hay instante en que me deje. Todo penetrado por esa sensación de absurdo y de terror.

Los terrores que me asaltan no tienen forma definida; son ilimitados, y por eso mismo más horribles. No puedo asignarles causa ni término. Se despliegan ante mí como paisajes infinitos de sufrimiento, en los que mi mente vaga sin esperanza de salida. Como tener una alarma instalada en el cuerpo que no se apaga nunca. Incluso cuando no hay peligro, la alarma sigue sonando. Y al final uno ya no sabe qué es peligro y qué no lo es. Un pánico agudo como una tormenta en el cerebro. No hay tregua. Olas continuas de dolor que apenas dejan un intervalo de descanso, de pausa. Todo me pesa. Rumor dentado de fondo.

La inquietud devora con una crueldad refinada.

Deja un comentario