Con mi hermana jugaba a las cartas en los tiempos de mi infancia y adolescencia. Barajaba las cartas con lentitud; jugábamos sin verdadera ambición de ganar. Alterábamos las reglas caprichosamente, y no mostrábamos una competitiva astucia: no existían tensiones ni visibles ni invisibles. Era irrevocable el candor y la ternura, no así el cálculo.
Recuerdo el leve sonido de los naipes al deslizarse entre los dedos, ese roce que parecía amplificado por la quietud. Hablábamos y gesticulábamos. Las partidas se llenaban de bromas y no tenían ni un asomo de sombra, ni de melancolía.
Todavía recuerdo esos rectángulos de cartón, esas superficies donde flotaba la tinta dibujando el as de oros, el trote elegante del caballo de espadas, los bordes de las calzas amarillas y naranjas de la sota de bastos. Cartas levemente combadas por el uso, de satinado imperfecto, con dobleces de huellas humanas.
