Mi madre, gran jugadora de damas, solía recordarme que las damas han sido injustamente consideradas como un juego trivial. En realidad -decía- exigen una atención más constante y una vigilancia más sostenida que el ajedrez. Las piezas, moviéndose sobre un campo limitado, sin la variedad de posibilidades que complica el ajedrez, obligan al jugador a apoyarse, no en la memoria ni en la combinación espectacular, sino en la claridad de percepción y en la exactitud del juicio. Este era el tipo preciso de su inteligencia.
Las fichas, con un círculo de erosión apenas circunscrito, blancas y negras, sin rostro, se desplazan en silencio siguiendo trayectorias oblicuas como tercetos de la Divina Comedia. Cada avance es una amenaza, cada captura una pequeña debacle. El tablero, a cierta altura del juego, recuerda ciertos pavimentos antiguos. Las fichas, pulidas por el uso, reflejan la luz con una discreción casi pirrónica.
Toda la vida jugué partidas con mamá. La tarde suspendida, la mesa compartida, el sonido casi imperceptible de las fichas al rozar el tablero, el chasquido del golpe al comerse una ficha o al encadenar capturas. Una forma de dulzura, movimientos apenas distintos. No importaba quién ganara. Lo que importaba era ese estar ahí, frente al otro, compartiendo un tiempo que no pedía nada. Y siempre, el mismo juego.
