Tentativas 72

Su extraordinario texto [me refiero al artículo de Camilo de Ory en «Letras Libres»: «Torrente y el objeto ¿el objetivo? del humor»] se deja leer muy bien desde dos ejes: metacognición (la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento) y diferencias cognitivas en la comprensión del humor (a menudo correlacionadas, aunque imperfectamente, con lo que se mide como CI)

La sátira funciona como un dispositivo metacognitivo: exige que el lector/espectador detecte la distancia entre lo dicho y lo querido decir. La metacognición implica no solo conocer, sino saber que se conoce —y saber cuándo no se conoce. Su ejemplo de Torrente es casi de manual.

Esto encaja con una idea clásica: La ironía requiere la capacidad de representar simultáneamente dos niveles de significado. Sin esa duplicidad, todo se aplana. Y entonces ocurre lo que describe:

el espectador literal no falla solo en comprender el chiste; falla en darse cuenta de que no lo comprende.

Recuerdo a Northorp Frye: «La sátira exige un lector competente; sin él, se vuelve indistinguible de aquello que pretende ridiculizar». No es solo que el espectador no entienda, sino que no sabe que no entiende. Lo que es un signo evidente de la sobreestimación del síndrome Dunning-Kruger.

La risa ya no está en el chiste, sino en la imposibilidad de comprenderlo.

Deja un comentario