Tentativas 73

«He dedicado toda mi vida, no a enriquecerme —aunque no ignoro que la pobreza acompaña a menudo a los que aman las letras—, sino a rescatar del naufragio del tiempo las obras de los antiguos. Pues veía yo que, mientras los hombres se afanaban en negocios más lucrativos, los libros perecían, devorados por la incuria o por la ignorancia. Así, me propuse que lo que había sido pensado por los mejores ingenios no se perdiera para las generaciones futuras. Y si para ello debía trabajar noche y día entre tipos, tintas y papeles, lo hice con gusto, persuadido de que ningún esfuerzo es excesivo cuando se trata de devolver la voz a los muertos», Aldo Manucio.

«El arte de imprimir exige no solo diligencia, sino una especie de probidad que no tolera descuido alguno. Un error en una letra puede corromper una sentencia; una negligencia en la corrección puede desfigurar el pensamiento de un autor. Por ello, el impresor debe ser, en cierto modo, juez y guardián: ha de vigilar no solo la forma de las palabras, sino también su integridad. Y si bien su nombre rara vez aparece junto al del autor, su responsabilidad no es menor», Christophe Plantin.

«No basta con imprimir; es preciso imprimir bien. Y para imprimir bien, no basta con conocer el arte mecánico, sino que es necesario penetrar en el sentido de los textos, comparar los manuscritos, corregir las variantes, restituir —en la medida de lo posible— la pureza original. El impresor que descuida esto no es más que un artesano; el que lo cuida, participa del trabajo del filólogo», Robert Estienne.

«No se deben despreciar los libros por su número ni por su diversidad, pues la abundancia es la riqueza de una biblioteca. Y aunque muchos sean mediocres, sirven sin embargo de preparación o de contraste para los mejores. El librero —o el bibliotecario— ha de tener un ánimo amplio, capaz de acoger tanto lo excelente como lo imperfecto, sabiendo que el juicio se forma precisamente en esa comparación», Gabriel Naudé.

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