Tantas veces me estremecí con la textura de las palabras, con la estructura de los argumentos, con la delicia de ver mi vida intensificada gracias a los libros. No pasaba meramente los ojos por las páginas; me demoraba en la armonía, en la plenitud reverente de su belleza. Una forma de voluptuosidad tranquila. Hay libros que se saborean como una cerveza fría, que dejan en la boca un regusto que no se agota en la página. El lector, entregado a ese placer, no busca otra cosa que prolongar el instante: la luz sobre el papel, el silencio, la respiración acompasada de las frases. En ese recogimiento hay una felicidad que no necesita justificarse.
El placer de la lectura no es inmediato: es un placer conquistado, elaborado, que se vuelve más intenso cuanto más profundo es el trabajo del lector. Leer es vivir más. No una vida vicaria, sino una vida intensificada. El lector es un hombre que se multiplica, que se desdobla, que se expande en otras conciencias sin perder la suya. Leer es enfrentarse a una forma de inteligencia ajena, y medir la propia en ese encuentro. De ahí su carácter casi agonístico, y también su suntuosidad.
Páginas que recuerdo de Saint-Simon, Álvarez, Michelet, Charles Moeller, Addison, Jovellanos, Quevedo: silencio, concentración, paciencia. Pero en esa exigencia reside su recompensa. Leer bien es una forma de felicidad difícil, una felicidad que no se agota en el instante, sino que se prolonga en la memoria. Un espacio donde el lenguaje es un absoluto físico.
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Pero, conforme avanza y se cronifica mi esquizofrenia, pierdo capacidades lectoras. No porque falten las palabras, sino porque falta el hilo invisible que las une. La página, antaño dócil, se ha vuelto refractaria. No es que no sepa leer: es que lo leído no persevera. Las frases se desmoronan en el mismo instante de su aprehensión, como si carecieran de la consistencia necesaria para sostenerse en la mente. Queda una sucesión de signos —negros, alineados—, pero no un discurso. Y uno comprende entonces que la lectura no era un acto pasivo, sino una construcción delicada, una arquitectura que exige una continuidad interior que ahora falta.
Leer puede convertirse en una experiencia inquietante cuando el sentido se retira. Las palabras permanecen, pero su significado se vuelve incierto, inestable. El lector se enfrenta entonces a un lenguaje que ya no garantiza nada, que no conduce a ninguna comprensión firme. Intento leer, pero mi mirada se pierde. Paso de una línea a otra sin fijarme en ninguna. A veces me detengo en una palabra, la repito, la miro, pero no consigo integrarla en un conjunto. El texto se descompone en fragmentos que no se articulan.
Las palabras no entran. Rebotan. Se quedan en la superficie. Leo, pero es como si no leyera: como si el sentido se negara a penetrar. Hay una resistencia del lenguaje, o quizás una resistencia mía al lenguaje, que convierte cada frase en un obstáculo. Las palabras, que antes acudían dócilmente, comienzan a resistirse. Leo una frase y, al llegar al final, no recuerdo el principio. Es como si algo se interpusiera entre mi mente y el texto, una especie de niebla que disuelve las conexiones. La lectura ya no es un flujo, sino una serie de interrupciones.
En mis peores momentos, leer es imposible. Puedo mirar una página durante minutos sin absorber una sola idea. Las palabras no se fijan; se desvanecen casi instantáneamente. Es como intentar llenar un recipiente agujereado: todo lo que entra se pierde de inmediato.
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«Los déficits en la memoria de trabajo y en la atención sostenida, ampliamente documentados en la esquizofrenia, tienen consecuencias directas sobre la capacidad de lectura. El paciente puede decodificar palabras individuales, pero fracasa al mantener activas las representaciones necesarias para comprender frases complejas o párrafos extensos. Este fenómeno se traduce en una lectura fragmentaria, caracterizada por frecuentes pérdidas del hilo argumental y la necesidad de releer repetidamente.», Nancy Andreasen, «American Psychiatric Publishing Textbook of Schizophrenia», 2006.
«La comprensión del lenguaje requiere la capacidad de generar predicciones sobre el significado en desarrollo. En la esquizofrenia, este proceso predictivo puede fallar, lo que obliga al sujeto a procesar cada elemento del discurso de manera aislada. En la lectura, esto se traduce en una experiencia laboriosa: el texto no se anticipa, no se proyecta hacia adelante, y cada palabra debe ser tratada como nueva, sin el apoyo de un contexto estable.», Christopher Frith, «The Cognitive Neuropsychology of Schizophrenia», Lawrence Erlbaum / Psychology Press, 1992 (reedición ampliada 2015)
