Tentativas 78

Uno no vuelve a leer nunca el mismo libro, ni es nunca el mismo lector. Hay, sin embargo, un dolor peculiar en advertir que aquello que una vez nos deslumbró ya no ejerce su antiguo poder. No porque el libro haya cambiado, sino porque nuestra sensibilidad ha sufrido una modificación secreta.

Recuerdo los libros de Enid Blyton; tapas duras de colores vivos y bordes ligeramente desgastados por el uso. Las páginas, gruesas, ofrecían resistencia al pasar. Las ilustraciones, de colores saturados, dejaban paso a un texto de tipografía clara y generosa. La vida.

El placer de la lectura —ese estremecimiento de la conciencia— depende de una combinación delicadísima de atención, memoria y deseo. Cuando alguno de estos elementos se debilita, el libro permanece, pero la experiencia se empobrece. Y sin embargo, el verdadero lector no renuncia: relee, persiste, intenta reconstruir ese estado perdido, sabiendo que en esa búsqueda reside también su forma de felicidad.

Hesse: sus libros no se leían: se vivían. En la adolescencia su obra actuaba como un espejo inestable donde te reconocías, un agente provocador donde te perdías. Intensidad de solitario estepario. Una forma de iniciación hasta el estremecimiento físico.

La lectura, cuando ha sido intensa, deja tras de sí una estela de insatisfacción. No porque haya fracasado, sino porque ha revelado una medida que ya no puede abandonarse. El lector exigente se vuelve incapaz de aceptar lo que antes le bastaba. De ahí que la experiencia de haber leído —de haber leído de verdad— sea también una forma de condena: la de quien ha conocido una altura y no puede descender sin sentir el empobrecimiento.

Los libros que más amamos dejan un poso que se parece al de ciertos platos exquisitos: un sabor que no se va, pero que tampoco puede recuperarse en su forma original. Leerlos fue una fiesta íntima, irrepetible. Después, queda la memoria de ese placer, y una leve tristeza al saber que ninguna relectura podrá devolver exactamente aquel instante.

El lector experimentado desarrolla una especie de escepticismo. Ha visto demasiado, ha leído demasiado. El entusiasmo se vuelve más raro, más difícil. Pero cuando aparece, es más consciente, más exigente.

El problema de leer mucho es que uno empieza a reconocer patrones, repeticiones, fórmulas. La sorpresa se reduce. Pero esa pérdida de ingenuidad es también una ganancia: la de una mirada más lúcida.

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