La mente se desgasta; en poco tiempo no somos más que un depósito de ruinas. El deterioro no ocurre en los grandes momentos, sino en los pequeños. Un día dejamos de leer una página, al siguiente no abrimos el libro, luego evitamos la luz. Cada impresión se amplifica, cada pensamiento se prolonga más allá de su límite natural. Y así, lo que en otros sería un instante, para nosotros se convierte en una duración insoportable.
La civilización también se desgasta; no es destruida únicamente por enemigos externos; a menudo se debilita por nuestros inveterados hábitos de trivialización. Nos divertimos hasta morir merced al entretenimiento, y la educación deja de transmitir contenidos intelectuales y se convierte en mero masaje empático; entonces, se inicia un proceso de degradación difícil de revertir.
