Ojeo Valéry, Paul & Dalí, Salvador. «L’Alphabet des Marées» (El Alfabeto de las Mareas). París: Éditions du Miroir Profond, 1947. In-folio (45 x 32 cm). 120 págs. Ilustrado con 12 aguafuertes originales de Salvador Dalí, protegidos por papel japón. Tirada de 12 ejemplares nominales sobre papel vellum de tina. Encuadernación firmada por Paul Bonet en plena piel de galuchat con estuche forrado en ante.
***
Esta noche soñé con un ejemplar vestido con una encuadernación de época en plena piel de levante granate, de grano largo y tacto sedoso. Los planos mostaban una sobriedad aristocrática, enmarcados apenas por una triple filete de oro que aprisionaba la luz en sus bordes. El lomo dividido por cinco nervios realzados, cuajados de finos florones dorados en los entrenervios. El tejuelo, en piel de contraste verde esmeralda, exhibía la titulación en tipos bodonianos estampados a fuego con pan de oro de ley.
Respecto a los cortes, el corte superior aparecía dorado a la cabeza, protegiendo el bloque del polvo, mientras que los cortes lateral e inferior se conservaban «barbudos» (testigos), respetando la noble irregularidad del papel manual.
Al abrirlo, el libro exhalaba ese aroma dulce, una mezcla de vainilla y cuero viejo, que es el incienso de las bibliotecas. Impreso sobre papel de hilo (vélin cuve) de alto gramaje, con un tono marfilado que no cansaba la vista. Al trasluz, se apreciaba la marca de agua del molino papelero, garantía de alcurnia. Las proporciones eran áureas. Los márgenes eran «de catedral»: amplios, majestuosos, dejando que el texto respirara en el centro de la página. Una letra romana de ojo medio, negra como el ala de un cuervo, con una presión de tinta que mordía ligeramente el papel, creando una textura táctil que se sentía bajo las yemas de los dedos.
La obra estaba enriquecida con grabados al buril fuera de texto, protegidos por finos papeles de seda (papel cebolla). Las capitulares eran pequeñas arquitecturas: letras miniadas o grabadas en madera que iniciaban cada capítulo como puertas de entrada a un jardín vallado. La portada era una lección de equilibrio, con el uso magistral del espacio en blanco y una viñeta calcográfica central que representaba el emblema del impresor.
Así sueño la calidad de mi literatura.
