Tentativas 86

La bibliofilia española del XX es profundamente romántica y humanista. El libro raro se siente como una reliquia viva. Marcelino Menéndez Pelayo, aunque falleció en 1912, su legado dominó la bibliofilia española del XX:

«No hay alegría más pura ni más exenta de egoísmo que la de rescatar de la oscuridad de una almoneda o del polvo de una covachuela un libro que se creía perdido. La maravilla del libro raro no es su precio en el mercado, sino el hecho de que, al abrir sus páginas, se siente el latido de los siglos y se establece un diálogo místico con el autor que lo pensó y el artesano que lo compuso.»

José Porter en «¡Papeles, papeles!», 1954, libro de lectura deliciosa, murmuró:

«El libro raro tiene una fisonomía propia, un rostro que nos mira desde el estante. La maravilla de encontrarlo es similar a la del arqueólogo que desentierra una ciudad: no es solo papel lo que compramos, es el derecho a custodiar una belleza que ha sobrevivido a guerras, humedades y desidias. Ser bibliófilo es ser un centinela de la cultura».

Para los británicos, el libro raro es el centro de una cosmogonía personal. Destaca la figura del bibliófilo como un «explorador» de mundos de papel. Holbrook Jackson, en «The Anatomy of Bibliomania»:

«Un libro raro es un objeto milagroso; es un cuerpo físico que contiene un alma inmortal. Aquellos que se maravillan ante una primera edición o un ejemplar de gran lujo no son meros fetichistas, sino adoradores de la continuidad humana. En el silencio de una biblioteca, estos volúmenes raros cantan con una voz que el tiempo no ha podido apagar, y su posesión nos otorga una suerte de inmortalidad por asociación».

O A. Edward Newton, que en «The Amenities of Book-Collecting», nos advierte:

«Muchos se preguntan por qué pagamos fortunas por un libro que podemos leer en una edición barata. La respuesta es sencilla: la maravilla reside en el contacto. Tener el libro que estuvo en las manos de su autor, o que salió de la prensa de un impresor legendario, es una forma de viaje en el tiempo. El libro raro es un talismán; tiene el poder de transformar una habitación ordinaria en un palacio de la sabiduría».

Los franceses son los maestros de la descripción sensorial del libro. Para ellos, la «maravilla» es táctil, visual y casi carnal.

Valery Larbaud. «Ce vice impuni, la lecture»:

«Existe un placer casi pecaminoso en el manejo de un libro raro. Es la maravilla de la proporción perfecta entre el margen, la mancha del texto y la textura del papel de hilo. Estos ejemplares no son para la multitud; son para el iniciado que sabe que la verdadera elegancia es discreta y se esconde en una marca de agua o en una encuadernación firmada por un maestro. El libro raro es el refugio final contra la vulgaridad del mundo moderno».

Y Anatole France. «Le Livre du Bibliophile»:

«¡Oh, la maravilla de los libros viejos! Son como los vinos nobles: ganan en espíritu lo que pierden en color. Un libro raro es un testigo mudo que ha visto pasar generaciones. Cuando lo acariciamos, no tocamos solo cuero de levante, tocamos la historia de la sensibilidad humana. Quien no se conmueve ante la tipografía de un incunable o la fragilidad de un folleto único, tiene el alma cerrada a los placeres más sutiles de la vida».

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